jueves, 30 de agosto de 2012

Tergiversación en el debate por los números oficiales


A partir del informe emitido el pasado 10 de agosto, muchos reconocidos medios de comunicación nacionales comenzaron a difundir frases similares a “La polémica por los seis pesos del INDEC” por citar –sólo como ejemplo- al diario Clarín, las cuales desencadenaron opiniones tales como “nadie vive con seis pesos por día”, por parte de la población.


La falta de veracidad en la información y tergiversación de las cifras aportadas por el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC), produjeron confusión e indignación en gran parte de la sociedad argentina. Tanto lectores y espectadores como líderes de sindicatos, agrupaciones y organizaciones sin fines de lucro comenzaron a plasmar su descontento a través de las redes sociales, lo cual generó una inmensa vorágine de desinformación, equívocos y malos entendidos que no hicieron más que continuar acentuando la imagen negativa que predomina en torno a los datos generados por el organismo.
Las consecuencias de la falta de chequeo en la información por parte de los grandes medios nacionales -tanto gráficos como radiales y televisivos- fueron desde un sentimiento de humillación y pesimismo por parte de los consumidores hasta burlas y descalificaciones innecesarias y carentes de criterio difundidas ya no a través de los ciudadanos, sino de comunicadores profesionales y responsables. 
Esta situación se produjo pese a que, tras una sencilla investigación, cualquier persona puede constatar que el organismo en cuestión se encargó de tomar los precios mínimos de todos los productos de la Canasta Básica Familiar a fin de generar un monto aproximado con el que tres modalidades distintas de familias tienen que contar para no ser consideradas pobres o indigentes. Dicho procedimiento se encuentra especificado en su informe de Valorización Mensual de la Canasta Básica Alimentaria y de la Canasta Básica Total en el Gran Buenos Aires para julio de 2012.
Su actual directora, Ana María Edwin, explicó la situación afirmando: “Clarín nos ha dedicado muchísimas tapas y semáforos en rojo", tras sostener que "el INDEC nunca ha difundido ni difundirá que se necesitan seis pesos para que una persona coma por día", en una entrevista publicada a través de INFOnews. 
“Hicieron una división simple para tornar en un hecho mediático lo que el INDEC no dice", denunció Edwin con respecto a la manipulación informativa generada. "Lo que se hizo fue tomar los precios mínimos de absolutamente todos los productos en promedio a lo largo de cierto tiempo. Son variaciones de precios las que aparecen  -pero no un exacto monto- con las que cada uno tiene que contar para no ser indigente", agregó.
Con respecto a la vigente utilización de mediciones a través de las Canastas Básicas, explicó que “en los años 80 era francamente innovador, hoy en día lo cierto es que sirve para poco. Lo seguimos llevando adelante para no discontinuar una serie de estadísticas que nos permite ver si hay mejoramiento”, concluyó.
El informe generado por el instituto titula: “Determinación de los ingresos necesarios por hogar para superar el umbral de indigencia y de pobreza”, se presenta una breve explicación sobre cómo fueron realizados los cálculos, y a continuación se adjunta el cuadro que incluye las cifras de la polémica.

La otra voz


"¿Puede una familia tipo cubrir las necesidades alimentarias diarias destinando entre 6 y 7 pesos por persona al día? El último reporte de Canastas Básicas del INDEC cree que sí", publicó La Nación. Al igual que el matutino, una decena de medios y opinólogos frecuentes se sumaron al debate en torno de los números oficiales.
La contracara de la voz oficial resulta ser nada menos que las universidades y consultoras económicas privadas, las cuales tras realizar sus propios relevamientos, lograron confirmar la inexactitud de los números del INDEC. Sin embargo, se trató de estudios efectuados bajo parámetros basados en información tergiversada, proveniente de los medios de comunicación.  
Pese a no ser una consultora privada, forma parte de esta lista la agrupación Barrios de Pie, creada en el 2001 a través del Movimiento Libres del Sur con el fin de nuclear los reclamos de los trabajadores desocupados en la lucha contra el hambre y la pobreza. En este marco, han realizado diversas movidas para pedir mejoras en las condiciones de vida, la salud y la alimentación. 
En esta oportunidad, sus miembros también se encargaron de llevar adelante su propio relevamiento a través de los barrios, registrando las necesidades de los vecinos. A su vez, participaron en las encuestas realizadas por el Instituto de Investigación Social, Económica y Política Ciudadana (ISEPCI) y el Centro de Investigaciones Participativas en Políticas Económicas y Sociales (CIPPES). 
Los resultados arrojaron que para no estar bajo la línea de pobreza, una familia de cuatro miembros “compuesta por un jefe varón de 35 años, su esposa de 31 años, un hijo de 5 y una hija de 8 años” necesita $3.365, sobre los $1507 que contabilizó el INDEC para el mes de junio. A su vez, la misma familia para no ser indigente requiere $1.522, contra los $681 oficiales para el mismo período. 
Las primeras cifras pertenecen a la Canasta Básica Total, mientras que las segundas a la Canasta Básica Alimentaria, en obediencia a la aclaración: “Los hogares serán considerados pobres si su ingreso es menor al valor de la CBT que le corresponde, e indigente si su ingreso es inferior a la CBA”.
Haciendo divisiones, estos números arrojan un total de $12, 56 pesos por persona por día para no ser pobre, y $5,68 para no ser indigente. 
En los volantes repartidos, titularon “Nadie vive con seis pesos por día. Basta de mentiras”, pero tuvieron la delicadeza de añadir en letra pequeña: “El INDEC afirma que una familia de cuatro personas puede vivir con 50 pesos diarios”, contradiciendo sus propias afirmaciones.
Por exageraciones malintencionadas, el boca en boca fue paulatinamente convirtiendo $ 688,37 por mes en “seis pesos por día” para toda la población, en lugar de por persona por día, para una familia de cuatro.
En entrevista con Julia Quispe, responsable distrital de Barrios de Pie, manifestó que “a partir de los valores del INDEC se desprende que una persona adulta puede alimentarse con sólo seis pesos por día. Es indefendible”. Esta organización tiene a su favor que toda la información emitida está basada en los datos brindados directamente por el INDEC, y no a partir de lo aportado por los medios de comunicación. Esto puede corroborarse –por ejemplo- a través de la folletería entregada en mano en la vía púbica, la cual aporta datos y cifras contundentes y comprobables.
Sin embargo, ante la pregunta sobre si estaba realmente segura de que esos habían sido los datos aportados por el INDEC, Julia debió volver a hacer cálculos y se abstuvo de responder en torno la afirmación que encabeza los volantes que ella misma reparte. A su vez, demostró infinita confianza en los relevamientos realizados por las consultoras privadas.
Barrios de Pie también arremetió contra la cadena de supermercados Carrefour, aseverando que su nuevo menú económico y nutritivo de $391, 41 “ni siquiera respeta la línea nutricional del instituto oficial -que ya es bastante limitada- y, al igual que este, propone un conjunto de productos que carecen de los elementos indispensables para convertirlos en alimentos que se puedan consumir. Llama la atención la sintonía de la cadena comercial más grande del país con los indefendibles valores que publica el INDEC.”

Otros datos de interés


La influencia del quinto poder. Tras la noticia surgida a raíz de las últimas publicaciones del INDEC, miles de usuarios de Twitter comentaron de forma burlesca el cálculo del organismo y generaron un Trending Topic o tendencia en la red social, lo que equivale a la palabra o frase más comentada del momento. Los comentarios al respecto se pueden visualizar en Twitter con el TT “Con $6”. Al mismo tiempo, los afiches irónicos de humor político no se hicieron esperar en Facebook.
El que busca, encuentra. El menú "al alcance de todos" de Carrefour incluye una variada gama de alimentos racionados para cumplir con las cuatro comidas diarias de una familia constituida por dos adultos y dos niños "de entre 10 y 12 años”. Sin embargo, no incluye productos tales como pescado, café, manteca, galletitas, yogurt, espinaca, lechuga, zapallitos, berenjenas o brócoli.
¿Cuánto se necesita para comer por día por persona? Los cálculos varían casi tanto como los organismos que los realizan. Para la CTA (Central de Trabajadores Argentinos) disidente son $19 y para Carrera de Nutrición de la UBA y la Universidad de La Plata se necesitan $24.

miércoles, 6 de junio de 2012

La mirada perdida

 Después de apagar tres veces el despertador, por fin logró despabilarse. Los rayos de sol inundaban la habitación y se reflejaban directamente sobre sus ojos, cegándolo con un brillo incómodo. Por la claridad y la posición de la luz, calculó que eran las once de la mañana.

“Odio los lunes” dijo para sí mismo, y recordó al instante que debería haber llegado a la redacción a las diez. De todas maneras no se apresuró. Rara vez se tomaba en serio sus responsabilidades, y su vida estaba libre de prisas y preocupaciones.

Se dio vuelta lentamente y notó que todo a su alrededor comenzaba a girar. Comprendió al instante que la resaca no le perdonaría todo lo que había bebido la noche anterior. Pero se topó con otro problema aún más complejo. Al intentar salir de la cama, descubrió que algo le estaba impidiendo el paso. Quitó las sábanas y ahí estaba: una delgada morocha completamente desnuda, durmiendo boca abajo.

Intentó hacer memoria, pero sólo pudo recordar breves momentos en que charlaba con ella en el bar. No supo explicarse sobre qué, cuál era su nombre, o qué era lo que había ocurrido después. Estos aspectos habían sido completamente borrados de su mente por culpa de unos cuantos vasos de tequila.

Se tranquilizó pensando que por lo menos era bonita, y que no le había ocurrido como otras veces.

Pero tampoco iba a perder mucho tiempo más intentando averiguar la identidad de esa chica, o qué había pasado la noche anterior. Sólo se limitó a darle golpecitos y susurrarle:

–Nena, nena… ¡levantate!

Después se incorporó lentamente y se dio una suave y relajante ducha. Se calzó sus zapatillas preferidas, unos jeans y una remera del Che Guevara color verde vivo. Pero también se colocó sobre los hombros un saco ocre grisáceo, porque no quería que dejaran de apreciar que era un hombre formal e importante.

Máximo Frías era un prestigioso y talentoso periodista del diario La Capital. 
Trabajaba allí desde hacía tan sólo tres años, pero en ese tiempo había sabido ganarse un lugar respetable, más por su buena suerte y virtudes innatas que por sus conocimientos, su perfeccionismo o su responsabilidad. de hecho, estas últimas cualidades eran inexistentes en el joven comunicador.
Pese a que se le habían estipulado horarios fijos en la redacción, los había reorganizado cómodamente según su conveniencia. Más bien, en base a su personalidad errática: iba cuando le daba la gana. Como trabajador, debía estar siguiendo una rutina, y sin embargo vivía cada día de una manera distinta.

Sorprendentemente, esta era una actitud que nadie se atrevía a corregir ni a criticar. Sus superiores lo cuidaban y respetaban como a un eslabón de oro, porque tenían en claro que su capacidad para el oficio no sería hallada en ninguna otra parte.

Máximo vivía solo en un lujoso departamento ubicado en el centro de la ciudad, en el que muchas mujeres entraban y salían, pero ninguna se quedaba más de una noche.

Por supuesto, esta situación se producía acorde a su mentalidad de Don Juan. Desde que tenía uso de razón, jamás había soñado con tener una esposa o ser padre de familia.

Las chicas significaban para él tan sólo otro lujoso elemento decorativo en su departamento. Cuando sus amigos sentenciaban que su debilidad eran las mujeres, él solía responder: “No tengo debilidades. Las mujeres son sólo un pequeño placer, igual que un poco de crema sobre el café.”

Siempre solía afirmar que moriría soltero, tal vez en una enorme mansión, rodeado de jóvenes modelos.

Quienes apenas lo conocían, no hubiesen podido creer que, años atrás, Máximo había tenido una novia. Sus amigos más cercanos la recordaban como una relación desatinada, bastante fugaz y, sobre todo, superficial. De cualquier manera, Máximo nunca hablaba sobre aquella etapa de su vida. Tan sólo constituía para él una desviación que no debía volver a cometerse.

La noche en que comenzó la pesadilla, él aún no la había conocido. Se había separado de su grupo de amigos, y de repente se encontró dando vueltas, solo y con un trago la mano, en el último piso del boliche más grande de la ciudad. Fue el momento en que la vio: una mujer increíblemente hermosa, bailando sola contra una columna.

Al instante se paró frente a ella. Estaba un tanto borracho, y había fumado marihuana, por lo cual consideró oportuno ser breve.


  –¿Me das un beso? –le dijo simplemente.

Alto y con mirada penetrante, enormes brazos, y una voz sensual, Máximo poseía todas las cualidades de un hombre al que pocas mujeres eran capaces de resistirse. Muchas se enamoraban perdidamente de su rebeldía, y sin embargo, eran tan sólo un vicio más para él.

La joven lo observó detenidamente, y después murmuró “bueno, está bien”, antes de conceder su deseo.

Esa noche, lejos de ser igual a las demás, quedó grabada en la memoria de Máximo como escalofriantemente perturbadora y tétrica.

–Vayamos a mi casa –le había dicho ella. Su nombre era Claudia, y Máximo lo recordó cuidadosamente, porque se prometió nunca volver a cometer ese error.

La muchacha vivía con su padrastro en una pequeña ciudad aledaña, la cual tenía fama de albergar muchas familias de clase baja, en zonas que constituían un paraíso para los delincuentes.

Apenas llegaron a su morada –que se asemejaba más a una tapera que a una casa–, ingresaron en la sala principal y comenzó a abrirse una enorme puerta lateral. Pero como estaba rota y fuera de sus ejes, la persona que se encontraba del otro lado debió hacer un esfuerzo mayúsculo para poder correrla. Cuando por fin lo logró, el golpe brusco provocó que una enorme mata de polvo se liberara por los aires.

Del otro lado apareció un hombre de mediana edad, desalineado y en calzoncillos. Al ver a su hijastra con un desconocido dentro de la casa, todo lo que hizo fue volver a cerrar la puerta.

Máximo miró a su alrededor: el lugar era prácticamente una pocilga. Había decenas de elementos fuera de su lugar, una montaña de platos sucios y con comida en mal estado, basura en el suelo, manchas en las paredes, vidrios rotos y un aroma nauseabundo que no dejaba respirar.

Y en la habitación de Claudia, el panorama no mejoraba. Su cama tenía un colchón extra–delgado, con un hueco hundido en el medio. Las sábanas tenían manchas, pero Máximo no se sentía con ánimos de identificar de qué fluido corporal provenía cada una de ellas.

Las circunstancias eran decepcionantes, pero al valiente periodista no le gustaba irse del baile sin haber destrozado la pista primero. Bajo el título de Señor de la Noche, le gustaba salir en busca de aventuras, y correr riesgos absurdos sólo para sentir un poco de adrenalina.


Más tarde se confesaría a sí mismo que aquella noche experimentó el verdadero temor de despertar, después de hacer el amor, en una bañera llena de hielo y sin sus riñones. Sin embargo, sin más preámbulo, se quitó la ropa; y lo siguiente se convirtió, gracias al efecto del alcohol y el paso del tiempo, en una mezcla de recuerdos confusos grabados en su memoria.

Una vez que estuvo exhausto, intentó reacomodarse junto a ella en esa cama de una plaza, sobre algo que era más parecido a un cubrecama que a un colchón.

En ese instante se volteó para observarla, y fue cuando lo notó por primera vez. La miró a los ojos detenidamente de cerca, y percibió que había algo extraño en ella.

La tenue luz de luna que entraba suavemente por la ventana iluminaba sus rasgos lo suficiente como para que cualquiera pudiese percatarse de aquello.
Su mirada estaba perdida, como si se hubiese vaciado su alma. Sus ojos, negros como el azabache y desoladoramente profundos, no expresaban emoción alguna. No era indiferencia, tampoco era dolor o tristeza, y definitivamente no era placer ni satisfacción.

En algún rincón de su mente, él sintió la certeza de que dentro de ese cuerpo ya no había un espíritu. Sólo una cosa era segura: su capacidad de sentir se había perdido. Había sido abandonada como un niño en la tormenta, y jamás sería hallada de nuevo.

Aquella expresión provocaba en Máximo una sensación de pena y horror indescriptible. Incluso intentó contárselo a los demás, o manifestarlo a través de sus textos, pero nunca fue capaz de encontrar las palabras.

Ella continuaba observándolo sin emitir sonido alguno, encandilándolo con ese abismo negro que reflejaban sus ojos, en el que tenía miedo de tropezar y caer. Por eso decidió romper el hielo.

–¿Te pasa algo? –balbuceó, y la acarició con temor. Ella dijo que no con la cabeza.

–Hay algo que nunca te conté –susurró, por fin–. Yo estoy muerta.

Máximo lanzó una risa nerviosa.

–¿Ah, sí? –la palpó cuidadosamente– ¿Sos un fantasma?

–No, no es eso –respondió Claudia con una serenidad imperturbable–. Mi cuerpo vive, pero estoy muerta por dentro.

–¿Qué decís? ¿Me estás hablando en serio o es un chiste? ¿Por qué decís eso? –masculló alterado.

–Ya no importa, fue hace mucho tiempo.

–¡Esto no es para nada gracioso!

–Lo gracioso es que no me creas… –le respondió, con el mismo desinterés.

Lejos de confiar en sus palabras, el casanova prefirió pensar que la muchacha había enloquecido, y le ayudó a confirmar su teoría una seguidilla de testimonios que ella misma le confió. Entre ellos, que además de estar muerta también podía ver fantasmas. Espíritus de gente que se detenían frente a su cama y le preguntaban la hora.

“Esta película ya la vi”, pensó él, y dándose media vuelta se dispuso a dormir. Sin que nadie la escuchara, ella continuó relatando historias de acontecimientos inusuales y sin sentido, que no lograban más que poner al descubierto su evidente insanía mental.

Al día siguiente Máximo se levantó temprano y huyó en un remís. El episodio le había parecido extraño, pero lo recordaba con humor.


Su vida transcurrió con normalidad durante más de un año. En ese tiempo conoció a Ivanna, y creyó estar enamorado. Cuando todo terminó, volvió a retomar sus “andadas”, como llamaban sus amigos a su vida entregada al vicio.

Después de muchas noches perdidas, con itinerarios sin sentido, borracheras que demolían su cuerpo y mujeres hermosas que iban y venían, Máximo volvió a vivir un episodio que lo obligó a recapacitar.

En otra de sus habituales noches de aventura, él y sus amigos decidieron salir a conocer un lugar distinto. Después de mucho viajar y recorrer, terminaron en un antro ubicado en el corazón de los suburbios, donde se podía acceder fácilmente a todo tipo de diversiones e ilegalidades.

Allí conoció a una camarera muy hermosa llamada Julia. Ella quedó cautivada por sus encantos masculinos desde un primer momento. Sin embargo, el joven galán no estaba muy inspirado aquel día, por lo que no se apresuró a tomar la iniciativa.

Ambos charlaron animadamente durante horas, luego no pudieron resistirse más, y se robaron mutuamente un cálido y apasionante beso. Alrededor de las cinco de la mañana, Máximo decidió llevarla a su departamento.

Mientras viajaban en el auto, Julia comenzó a llorar sin motivo. Antes de que él pudiese mediar palabra alguna, ella comenzó a relatarle todas sus penas. Le contó detalles de su vida íntima, desde la muerte de su padre hasta los golpes que le propinaba su padrastro a su madre frente a sus ojos, incluyendo su infancia turbulenta, en medio de una cruda pobreza. Le confió todas sus frustraciones amorosas, y le contó los pormenores relacionados con su empleo y su sueldo deplorable.

El desconsuelo de la joven camarera comenzó a acrecentarse hasta convertirse en un incontrolable ataque de pánico, colmado de lágrimas y sollozos. “Mi hermano y yo no podíamos comprarnos zapatillas para ir a la escuela”, fue una de sus exclamaciones.


Máximo se limitó a observarla estupefacto. Por más que lo intentaba, no atinaba a realizar ningún movimiento, ni a esbozar alguna palabra que pudiera calmar a Julia y –a su vez– rescatarlo de aquella situación. Inmediatamente comenzó a sentir lástima por ella, pero su perspectiva no impidió que finalmente durmieran juntos esa noche.

–¡No me llamaste! –le recriminó ella el sábado siguiente, al reconocerlo mientras llevaba un pedido hacia una de las mesas. Los amigos del joven periodista habían decidido salir al mismo lugar, porque la noche anterior habían conseguido más mujeres que en cualquier otro bar.

–Perdoname, es que estuve muy ocupado –le respondió él.

–¡Me pasaste mal tu número de teléfono, y encima no me llamaste! –insistió Julia, y se mostró tan tensa que, al instante, la bandeja se le resbaló de las manos y las copas y botellas de vidrio se hicieron añicos en el suelo.

Al arrodillarse para levantar el desastre, se manchó el delantal con la suciedad que había en el piso, la cual en combinación con el líquido de la cerveza, formaba una especie de barro. Acto seguido, comenzó a refregarse la mancha con los dedos, pero al hacerlo se agachó demasiado y desde su bolsillo cayeron decenas de pequeñas monedas de un peso. Al instante, muchos comenzaron a juntarlas y a guardárselas en sus propios bolsillos.

Ella se puso tan nerviosa que comenzó a sollozar, y sin querer se clavó un par de vidrios en las rodillas. Sin poder creerlo, se sentó a un lado a lamentarse, repitiendo “no puedo más, no puedo más”.

Máximo no había cesado de mirarla un minuto, con expresión perpleja, desde una de las esquinas del local.

Fue entonces cuando comenzó a sentir una extrema piedad, que rápidamente se convirtió en lástima. La situación le producía rechazo, percibía la actitud de la muchacha aún más patética que en el episodio de drama que había montado dentro del auto. Por más que tuviera un bonito cuerpo, el galán consideraba que hablar de ese tipo de traumas en una primera salida, era algo que no podía hacer sentir cómodo a ningún hombre que estuviese en sus cabales.

Una brusca maniobra lo distrajo de sus pensamientos:

–¡Te conté cosas sobre mí, cosas muy fuertes, secretos muy profundos, y me usaste! –vociferó Julia mientras lo arrinconaba violentamente contra la pared.

Casualmente ese movimiento los colocó a ambos bajo un haz de luz, en medio de la penumbra que reinaba en torno al bar. En ese momento, él pudo apreciarla bien, y notó con horror que ella también poseía esa mirada. La misma que Claudia, la joven que había conocido años atrás, con ojos negros y una expresión sumamente penetrante, fría y perturbadora.

Máximo se escapó corriendo de ese lugar, y no quiso enterarse más de nada relacionado con aquella chica.

De camino a casa, se sumió en sus propios pensamientos.

¿Cómo podía ser que ambas muchachas, sin conexión aparente, tuvieran tanto en común? Tanto Claudia como Julia habían sido criadas en los barrios bajos. Eran mujeres de clase trabajadora, con una educación exigua que no superaba el nivel secundario, un grupo familiar hecho pedazos, y sobre todo muy baja autoestima. Ambas pertenecían a esa clase de chicas que cualquier hombre puede conquistar fácilmente si cuenta con una billetera llena, o con una simple mirada cautivadora.

Pero lo más importante, aquello que más le quitaba el sueño, era la idéntica expresión de horror que se manifestaba a través de sus semblantes, depositado muy profundamente dentro de sus entrañas.

Fue entonces cuando se decidió: comenzaría una investigación por cuenta propia. Algún maleficio o hecho desafortunado relacionaba a esas dos jóvenes; sus miradas no podían ser idénticas por pura casualidad.

Comenzó a frecuentar cada vez más asiduamente los bares lúgubres de los barrios pobres, enredándose con mujeres de la más baja calaña con el único objetivo de encontrar alguna pista que lo ayudara a develar el espeluznante misterio. Para su sorpresa, en un período de seis meses halló otras cinco muchachas en las mismas condiciones. A cada instante podía percibir en ellas un profundo vacío y un sombrío dolor proveniente desde lo más profundo de su espíritu. “Los ojos negros del horror” o “la mirada perdida”, eran las denominaciones con las cuales se refería a este síndrome.

Lentamente fue obsesionándose en descubrir las paradojas de cada una de aquellas chicas, a quienes había adoptado como sus objetos de estudio. Les tomaba cientos de fotos con su cámara, sólo para comprobar que el oscuro poder de su mirada también podía percibirse a través de una lente.

Además, había comenzado a notar que su persona constituía una especie de halo de potente luz, cuya función era atraer y guiar a aquellas almas en pena.

Se perdió en medio de hipótesis, premisas e indagaciones, y finalmente fue alejándose su círculo de amigos.

Incluso su carrera profesional comenzó a tambalear. Sus superiores de la redacción del diario La Capital le llamaban la atención cada vez con más frecuencia.

Pero él había apostado hasta lo más profundo de su ser en esa interminable búsqueda. “O estoy loco, o estoy a punto de descubrir algo grande”, se decía a menudo.


Luego de seis meses, los indicios dejaron de aparecer, y su investigación se estancó. Sin embargo, al instante las palabras de Claudia resonaron en su memoria: “Yo estoy muerta”.

Entonces se iluminó. Después de revisar varios libros de su estantería, se fijó en una agenda vieja, y allí lo encontró. Era el número de teléfono de Claudia, el cual, en un acto de sorpresiva lucidez, había decidido no tirar.

Marcó cada número con el pulso tembloroso, cruzando los dedos y deseando con todas sus fuerzas escuchar alguna respuesta al otro lado del teléfono. Finalmente, ella contestó.

–Hola, Claudia. No sé si te acordás de mí… soy Máximo.

–Ah, sí ¡Máximo! ¡Cómo me voy a olvidar! Es extraño que me llames después de tantos años… –observó.

–Sí, te pido disculpas por eso. Te llamo porque necesito saber la verdad. La verdad sobre vos, sobre todas ustedes ¡Me estoy volviendo loco! –se desesperó.

–¡Ajá! Ya me parecía raro que vos, un hombre tan inteligente, no hubiese podido darse cuenta antes.

–¿Darme cuenta de qué? Por favor, decímelo.

–Ya te lo dije, yo estoy muerta. Vivo, respiro, camino, pero ya no tengo nada por qué vivir. Y es un estado que no puedo revertir, porque no puedo volver de la muerte. Solamente me queda esperar a terminar con esta vida. Te lo conté a vos porque noté que ya lo sabías, lo podías percibir en mí. Y seguramente te habrás cruzado con muchas otras personas que te parecieron de alguna manera más sensibles que el resto, y que se te pegaron como sanguijuelas, para que les des una mano en las peores miserias de sus vidas. Perdonanos, Máximo, somos así. Lo triste es que vos no te des cuenta. No te puedo decir nada más, espero que no sufras mucho.

–¡Estás loca! –contestó él aterrorizado, y colgó el teléfono.

Se acostó en la cama con la luz apagada, estaba exhausto. Las aspas del ventilador giraban hipnóticamente sobre su cabeza. Sus sombras parecían cortar su espíritu en pequeños pedazos cada vez que se proyectaban sobre él.

Casi sin pensar, extrajo lentamente la cámara de fotos desde uno de sus bolsillos y comenzó a pasar las imágenes, una por una. Se detuvo en una fotografía que le llamó la atención, en la que se podía apreciar a sí mismo en primer plano, bailando en el boliche y rodeado de hermosas mujeres. Luego de observarla detenidamente, reaccionó con un potente alarido de terror, saltó de la cama y comenzó a correr desesperadamente por toda la habitación.

En la fotografía, sus ojos miraban fijamente a la cámara, con una mirada desconcertante, fría, opaca e imperturbable. Fue entonces cuando creyó que había terminado de enloquecer. Se miró en el espejo y terminó de comprobarlo: había caído en la negra trampa. Él mismo padecía de aquel síndrome, era un portador más de la terrible y escalofriante mirada perdida.

Se preguntó con sorpresa cómo había llegado hasta ese punto. Lanzó una nueva exclamación de horror, y comenzó a temblar. El corazón le latía a toda velocidad, un sudor frío recorría su frente. No podía dejar de pensar en aquella imagen; sus propios ojos también poseían aquello que lo perseguía en sus peores pesadillas.

Atemorizado, volvió a recostarse para intentar entrar en calma, pero el techo blanco sólo disparó aún más sus pensamientos.

Recordó aquella última discusión dentro de su auto. Ivanna, su ex novia, lo estaba abandonando de manera repentina, sin que él tuviese el menor indicio de por qué.

Lo rememoraba con imágenes tan nítidas, como si hubiese ocurrido el día anterior. Llovía, y ambos lloraban.

–Ivanna, me cansé de decirte que sos lo más lindo que tengo. Vos vivís repitiendo que yo soy el amor de tu vida. Me estás matando… ¡No entiendo nada! –sollozaba él, abrazado al volante.

–Sí lo sos, es decir, sí eras el amor de mi vida. Y yo te quería mucho. Pero encontré otra persona, otro hombre con el que me entiendo mucho mejor. Antes estaba indecisa, pero ahora ya sé que lo quiero a él. Vos te equivocaste muchas veces.

–¿En qué? ¡Nunca me lo dijiste!

–Sí, fue mi error. Pero aunque te lo dijera, ya es tarde. Con él puedo expresarme, hablar de muchos temas que no comparto con vos… –determinó Ivanna.

Entonces, llegó a la más ineludible conclusión que finalizó con su investigación entera. Ellas habían muerto, y él también. La causa: un profundo dolor interno que se volvió insoportable.

–Me lastimaste –terminó de decir él.

–Perdoname –fue su única respuesta. Y acto seguido se bajó del auto y se alejó caminando bajo la lluvia.


El rostro de Máximo sonreía cada vez que salía con sus amigos, y podía hacerlo en cualquier momento. Por fuera estaba feliz, pero su corazón nunca más encontraría la dicha ni el consuelo.
Era verdad, estaba muerto desde el momento en que vio por última vez las luces de la calle inundadas de gotas de lluvia, y los pequeños pies de su amada chapoteando en los charcos, alejándose para siempre de su vida.

sábado, 7 de mayo de 2011

La Rebelión Secreta. Capítulo VI




Capítulo VI
Don Emilio

Verde. Verde y celeste.
Empezando por el césped, que se extendía hasta donde llegaba la vista; siguiendo por las carpas militares, dispuestas de tal manera que seguían la línea de un cuadrilátero imaginario; y finalizando con los uniformes camuflados que vestían todas las almas en aquel lugar, todo era verde. Incluso también el corazón de esos hombres tal vez estuviera pintado de verde, un verde petróleo.
Lo único que cortaba con tanta verdosa espesura era el cielo. Profundo y celeste, se desplegaba sobre sus cabezas sin ostentar una sola nube, en aquel mediodía en el que el sol calentaba de manera tan triste.
“Pobre de mí, ¡mi color preferido es el rojo!” pensaba un soldado joven, mientras se cargaba al hombro su mochila verde. Muchos se distraían imaginando cómo sería su vida si fueran alguien más. Un ama de casa, un trabajador, un estudiante, las mariposas que se posaban sobre la hierba… cualquier cosa hubiese sido mejor que estar allí.
Pero él tenía ya más de cincuenta años, había estado en el mismo oficio prácticamente toda su vida, al igual que su padre y su abuelo. Estaba acostumbrado a la guerra, y podría decirse que ese era su hábitat. No tenía muchas más ambiciones, incluso dentro del ejército. Constituía una especie de fracaso para la familia, ya que contadas veces lo habían ascendido de rango. Esa sería su última intervención, y luego se retiraría.
Finalmente, después de haber cruzado todo el campo, llegó a su destino. Corrió de golpe la puerta de la tienda que le habían asignado, y fue entonces cuando lo vio por primera vez.
Las carpas eran bastante estrechas, y estaban pensadas para albergar dos personas durante un largo período. Del lado izquierdo, había un completo desorden: ropa y partes de un uniforme sin doblar desperdigados sobre las mantas, botas y diversos objetos en el suelo, una cama sin hacer y un inmenso baúl a sus pies. Del lado derecho, sólo había un catre y un colchón desnudo sobre él. En el medio de las dos camas se encontraba de pie su nuevo compañero de carpa, con expresión de sorpresa y espanto.
–Perdone usted si lo asusté –fueron las primeras palabras que le dirigió.
–Pierda cuidado –le respondió. Había reaccionado con una actitud muy sospechosa, como un criminal al que lo pescan cometiendo un ilícito. Dejó repentinamente de hacer lo que estaba haciendo al ser sorprendido por su nuevo compañero.
Éste notó aquel detalle, pero no le importó. Se limitó a apoyar su bolso en el suelo y comenzar a sacar sus pertenencias. Lentamente, fue ordenándolas de manera estricta: hizo su cama estirando las sábanas, dobló su uniforme a la perfección, lustró sus botas y puso cada cosa en su lugar. El otro soldado, sentado en su cama con los brazos cruzados, lo observaba con simpleza.
–Me gusta que sea ordenado. Es una cualidad que yo no poseo –dijo por fin.
El hombre respondió levantando la mirada de su quehacer, y observándolo con desgano.
Quien le hablaba tenía unos treinta años, era de baja estatura y contextura pequeña, de tez bien pálida y cabello bien negro. Sus ojos inmensos y su sonrisa cálida le daban una expresión soñadora. Aparte de todo eso, su lado de la carpa parecía una pocilga.
–A mi también me gusta que los demás sean ordenados –contestó con rudeza.
–Me llamo Alejandro, ¿y vos? –le expresó cambiando de tema, dejando de lado el trato respetuoso, e ignorando la observación que se le había hecho.
–Soy García… Emilio –le respondió, y aferró la palma débil y pequeña de su compañero entre sus enormes y toscas manos–, y no me gustan los excesos de confianza –agregó muy serio.
–¡Nos estamos conociendo! A mí me gusta mucho leer, tocar la guitarra y jugar al truco –le confió, en un tono que lo hizo parecer infantil.
Emilio no le respondió, se limitó a sentarse en la cama y observarlo con desprecio.
–Veo que sos hombre de pocas palabras –prosiguió Alejandro.
–No disfruto mucho de la conversación –le refirió.
–Yo no disfruto para nada estar acá –confesó sin que le preguntaran–. Este no es mi oficio –concluyó, mirando a su alrededor.
–¿Y cual es? –inquirió Emilio.
–Todavía no lo sé –le respondió, y por fin se quedó callado.
“Es un tonto, un remolón”, pensaba Don Emilio. Un asistente irrumpió en el lugar y cortó el silencio:
–Peralta, Alejandro, le toca el examen médico –vociferó, mirando distraídamente una planilla.
El joven se puso de pie, y antes de salir expresó:
–A mí no me gusta que me revisen las cosas…
Y se marchó. Emilio quedó solo, en silencio, pensando en las tareas que aún le quedaban por hacer, y dando poca importancia a las últimas palabras de su compañero. Transcurrieron así unos dos minutos. Luego, un sonido completamente inesperado lo distrajo de sus pensamientos.
–¡Bu! –escuchó, y vio de refilón algo que se movió de repente.
No pudo creer a sus propios ojos. De allí, desde dentro del inmenso baúl que se encontraba a los pies de la cama de Alejandro, había surgido una niña de unos tres o cuatro años. Ambos, sorprendidos y atemorizados, no pudieron evitar una exclamación.
Ella había querido hacer una broma, y al salir de su escondite se había topado con un extraño. Ahora se encontraba asustada y paralizada, sin saber cómo reaccionar. Él estaba en la misma situación… ¿Qué hacía una niña en un campamento militar?

–¿Esa era yo? –preguntó Nina con vivacidad, interrumpiendo el relato.
Después de enterarse de que le quedaba poco tiempo de vida, Nina se había decidido finalmente por preguntarle a su padre sobre sus verdaderos orígenes. El anciano se había negado rotundamente en un principio, pero luego había cedido considerando la situación.
Advirtió que no era una historia agradable, y comenzó hablando en forma escueta, soltando las palabras a medida que avanzaba en la narración. Se había procurado un viejo diario íntimo que tenía guardado en uno de sus cajones, y lo consultaba cada vez que necesitaba darle un pequeño estímulo a su memoria.
Los demás se habían ido acercando de a poco. León se había acomodado junto a ellos, y habían invitado a Magda a sentarse después de verla escuchando desde la puerta.
–Sí, Nina, esa pequeña traviesa eras vos –le contestó Don Emilio–. Ni cuatro años tenías, y ya le habías causado los peores problemas a tu padre.
–¿Mi padre?
–En fin… ¿Dónde me había quedado? Yo no supe reaccionar de ninguna forma cuando te vi por primera vez, hija. Fuiste algo inesperado. Pero recuerdo que después de interactuar cinco minutos con vos, ya te habías convertido en algo especial. No puedo explicarlo, nunca tuve el instinto de padre, y sin embargo a medida que te fui conociendo supe que quería verte crecer, y arroparte cada noche hasta el fin de mis días... ¡Y lo logré! –exclamó, y guardó un breve silencio. Pasó la mano con suavidad sobre la mejilla de Nina, mientras la observaba con ternura.
Después continuó con el relato:
–Cuando logré reponerme, traté de hablarte. Aún sin dar aviso de que te encontrabas ahí, quise sacarte información. Te pregunté tu nombre, tu edad, y de dónde venías, pero en un principio no quisiste contestarme. Entonces me relajé un poco para inspirarte confianza. Finalmente, logré sonsacarte que estabas ahí porque te había llevado tu padre, que dormías en aquel baúl, y tenías que jugar a esconderte de las demás personas…
«Alejandro volvió a la carpa un cuarto de hora después, y cuando observó la escena… ¡Literalmente se quiso morir! Se puso pálido y se agarró la cabeza. Y claro, yo había descubierto sin querer su secreto mejor guardado. Siempre fue muy teatral y muy expresivo –recordó, bajando la cabeza con expresión de ternura–. Se tiró al suelo y me rogó de rodillas que no lo denunciara, que no dijera nada. Yo le respondí que no me interesaban sus asuntos: “Tener una niña aquí es algo absurdo, tan ridículo como un treinta de febrero, pero comprendo que para llegar a tal extremo usted tendrá sus motivos. Yo no sé si esta niña es su hija, o es una rehén. Sin embargo, voy a guardar silencio porque nunca fui un bocón, pero si noto cualquier comportamiento indebido con respecto a esta situación, no dudaré en hablar”, le dije. Él me dio las gracias con los ojos llorosos, y me abrazó, cosa que detesté en demasía.
«¿Cómo explicar lo que tuvo lugar en los días que vinieron? Nosotros nos ausentábamos de la carpa, entrenábamos duramente a toda hora, y al volver te encontrábamos ahí, jugando con una muñeca de trapo. Carlotta, le habías puesto. En el baúl había una manta doblada en cuatro y una pequeña almohada; ahí dormías. También te escondías en ese lugar cuando venía alguien más a la carpa, cosa que raramente sucedía. Alejandro, cuyo apellido no puedo recordar, te sacaba furtivamente a tomar aire por las noches, cosa que también estaba prohibida…
–¡Todo eso es imposible! –interrumpió León.
–¡Juro que pasaba! –contestó Emilio–. Los pocos ratos libres que tenía Alejandro los pasaba jugando con ella. Era su vida, su razón de existir. Muy pronto dejé mis libros de lado, y mis ratos de ocio también pasaron a pertenecerle a ella. Fue algo inaudito. Los tres, Alejandro, Nina y yo, habíamos conformado una pequeña familia en medio de tanta soledad.
–Papá, yo no recuerdo ninguna de estas cosas ¿Nunca le preguntaste a Alejandro por qué me había llevado ahí? ¿Acaso no tenía a nadie más en el mundo?
–Exactamente esa era la razón. Todo lo que tenían era el uno al otro. Y no le pregunté, una noche no pudo más y me lo confesó todo. Recuerdo que habíamos llegado extenuados, estábamos teniendo entrenamientos muy arduos porque en un par de días pensábamos atacar. Él te metió en tu cama improvisada e intentó hacerte dormir. Yo lo ayudé. Cuando por fin te encontraste profundamente sumida en sueños, él se tiró en la cama y empezó a llorar en silencio. Yo no le dije nada, comenzó a hablar solo: “¡No sé que voy a hacer cuando tengamos la primer batalla! Tendremos que viajar varios kilómetros, ¿con quién la voy a dejar? ¿Qué pasará si me matan?”, exclamo con dolor, y sus palabras se ahogaron. Guardó silencio unos momentos hasta que se relajó, y entonces me preguntó algo que yo no esperaba.
«“¿Alguna vez estuviste enamorado, Emilio?”, murmuró, y sus palabras sonaron como una melodía triste y hermosa. Le respondí que no. Él prosiguió. Anoté aquí en mi diario lo que me dijo, y lo voy a leer:
“Yo sí. Hace unos años no era nada más que un vago, un soñador. Pasaba los días deambulando, escribía poesías, componía canciones con mi guitarra. Mi papá tenía un almacén y siempre se quejaba de que no hacía nada. Me obligaba a ayudarlo en el negocio, pero yo no era muy bueno. Un día vino una nueva empleada a trabajar, ella era muy anciana y de clase muy humilde…”, comenzó diciendo estas palabras aún con la voz quebrada. Al llegar a este punto sus ojos negros se llenaron de un brillo especial. Suspiró con amargura, y prosiguió: “Resultó que esa mujer tenía una hija que… ¿para qué aburrirte con detalles? ¡Sólo debías verla! Ay, si la hubieses conocido, me creerías si ahora te dijera que parecía un ángel. Su cabello largo color ocre caía como una cascada, su cintura era tan pequeña que daba placer aferrarla, ¡sus senos eran el paraíso! Su aliento olía a rosas, su boca era una cereza, su voz era el complemento perfecto para los acordes de mi guitarra. Podía pasar todas las horas de mis días perdido en sus ojos, verdes y luminosos… Nunca en mi vida me había sentido tan bien como cuando compartía todos mis momentos con ella, y nunca más volveré a ser así de feliz…” No pudo continuar hablando, porque volvió a irrumpir en un llanto silencioso. Yo aguardé pacientemente a que pudiera continuar. “¡Ay de mí!”, exclamó en tono de culpa, “espero no me condenes, amigo, por lo que estoy a punto de confiarte… ¡Le hice algo terrible a esa muchacha! Al amor de mi vida, la razón de mi existencia… ¡La arruiné, la rompí, quebré su espíritu!”, confesó en medio de sollozos. “¿Qué le hiciste?”, pregunté yo.
«“Eso”, contestó él, y señaló a la niña que dormía llena de paz. “Yo veo algo hermoso, no algo terrible” le dije. Él continuó: “Le arrebaté su honor. Mi padre me obligó a casarme, y luego me echó de casa. Le di mucha vergüenza. Fui a vivir con ella y su madre, que eran muy pobres. Yo pasé de trabajo en trabajo para poder subsistir y criar decentemente a mi hermosa Nina, pero no fue suficiente. Por más que me esforzaba, ¡Nunca era suficiente! Vivíamos en la miseria. Mi suegra era muy anciana como para trabajar, y a mi esposa le ocurría lo mismo que a mí. Finalmente la pobre… ¡tuvo que hacerse mujer pública!”, exclamó, y hundió su cabeza entre las piernas. “Y yo tuve que aceptarlo, de otra forma hubiésemos quedado prácticamente en la calle.” Hubo un momento de silencio prolongado, hasta que me animé a preguntarle: “¿Y dónde está ella? ¿Te abandonó?”, “No”, me contestó. “Gracias al oficio impúdico que se vio obligada a ejercer por culpa mía… se enfermó y murió.” Agregó esto último en un susurro casi inaudible, pero que yo pude comprender perfectamente.»
Don Emilio no pudo continuar leyendo, porque un papel se resbaló de entre las páginas de su diario. Lo recogió con el pulso tembloroso, y lo contempló con una expresión inexplicable, mezcla de asombro, ternura, y a la vez, tristeza.
–¿Qué es eso?
–Hija… –intentó explicarle–. Verás, tiempo después de que Alejandro me refiriera esta historia, me entregó –hizo una pausa para reflexionar–. Más bien, yo encontré esta fotografía entre sus cosas, y me la guardé.
Nina la observó con detenimiento. Era una foto vieja en blanco y negro, de una muchacha muy joven con el cabello lacio y largo hasta la cintura, vestida pobremente. Estaba de pie con las manos juntas en medio de un jardín, y la expresión de su rostro dejaba entrever una tímida inocencia.
–¡Dios mío! ¡Es igual a mí! –exclamó Nina, y comenzó a llorar amargamente–. ¡Mi mamá está muerta!
Don Emilio la acurrucó en su pecho, mientras Magdalena le acariciaba la espalda. León la observaba llorar en silencio y parecía reflexionar.
El llanto de Nina dejó de ser sumiso y se convirtió en nervioso.
–¡Alejandro! ¿Dónde está el que decís que es mi padre? ¡Exijo conocerlo! Exijo saber su nombre completo, y qué hace, dónde vive…
–Tranquila, chiquita… –Magdalena intentó apaciguarla.
Emilio, sin embargo, reaccionó fuera de sí:
–¡Tu papá también está muerto! –le gritó sin moderarse. Todos guardaron silencio, y Nina volvió a sentarse con los ojos enrojecidos.
El enfermo continuó:
–Tu abuela y tu madre murieron, tu otra familia te rechazaba. Tu padre había sido llamado por el deber. Era eso o un orfanato. De cualquier manera, era evidente que tu permanencia en aquel lugar no duraría para siempre –hizo una pausa–. Un día se metió un oficial a la carpa sin avisar, y el resto puede suponerse…
Su voz pareció entrecortarse, e intentó disimular su conmoción buscando qué decir entre las páginas de su diario.
–No voy a leerles lo que escribí sobre todo eso, ¿para qué hacer más amarga la verdad? Solamente lo último que anoté, la última página. Dice así:
«7 de Mayo. Creí haber visto una luz al final del túnel. Alejandro y la niña son lo único que considero como familia en este mundo, por eso me arriesgué, intenté salvar la situación. Querían llevar a Nina a un orfanato, por eso traté de explicarle al oficial de la brigada que esa niña era mi sobrina, que afortunadamente yo tenía una tía con la que podía quedarse, pero vivía muy lejos y no había tenido tiempo en su momento de llevarla con ella, porque mi reclutamiento había sido muy repentino. Utilicé lo mejor de mí, ofrecí un gran soborno que pude pagar por pertenecer a una familia acomodada, y gracias a eso me creyeron.
«Logré que llevaran a la niña con mi tía, pero llegué tarde. Alejandro había sido brutalmente castigado. Cuando termine mi deber aquí pienso llevar a Nina a vivir conmigo y criarla como si fuera mi hija.
Hoy Alejandro murió, a causa de las severas contusiones. Había quedado en estado grave. No lo mataron ellos, pero lo mataron los golpes. La pena que me inunda es demasiado grande como para poder plasmarla aquí, él era más que mi compañero. Yo lo amaba como a un hermano. No puedo seguir escribiendo, tengo un nudo en la garganta.»
Dejó de leer, el nudo se había vuelto a formar después de doce años.
Los cuatro presentes decidieron guardar silencio, y no hablar más sobre el tema. La verdad ya se sabía, y había sido suficiente para todos.
Nina no volvió a hablar ese día, durante la cena se mostró distante y pensativa. Se fue a dormir esa noche sin más rodeos.
Al día siguiente se levantó, y sin decir nada a nadie, se vistió con sus mejores ropas. Hacía dos semanas y media que no salía a la calle. Cerca del mediodía, apoyó sus pies sobre la escalinata de la puerta, y sintió la brisa en sus brazos desnudos. Después de haber estado tanto tiempo encerrada, parecía renacer. La atmósfera y el ruido la hicieron sentir abombada, pero aún así comenzó a caminar con pasos tímidos.
Hizo solamente un par de cuadras, hasta que divisó el bar, cruzó la calle, empujó la puerta de vidrio, y ya estaba adentro.
Se sintió muy incómoda. Allí se encontraban ellos, las mismas caras, las mismas personas ante las que había pasado tanta vergüenza aquella noche. Los ignoró a todos, porque tenía otros planes más importantes. Se dirigió directamente hacia la barra.
–¿Qué se le ofrece, señorita? –le preguntó desinteresadamente Don Basilio.
–Deme trabajo, por favor –vociferó, y sus palabras retumbaron en el silencio expectante de todos los presentes.

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