lunes, 4 de abril de 2011

La Rebelión Secreta. Capítulo IV.


Roger

Tirado sobre la mesa y totalmente perdido, se entretenía haciendo rodar el culo de la botella por el suelo.
–Soy un ebrio –se decía a sí mismo riéndose, y tomaba otro sorbo.
Pero su mente, aunque a veces divagaba, no podía alejarse de cierto pensamiento recurrente. Una situación incómoda que había tenido lugar el día anterior.
Todo había empezado cuando el plan de “controlar” a Camilo en su primer encuentro, de repente no se había tornado tan interesante.
–Se van al parque y no tengo ganas de caminar hasta allá. El gordo va a estar bien, volvamos –había dicho Teo, y todos lo habían obedecido.
Como se señaló antes, el grupo había decidido incluir a Roger y por extensión a Ernesto. El pirata se había sentido halagado y contento por haber vuelto a su ciudad natal y haber hecho nuevos amigos, pero luego comenzó a darse cuenta de que no era su compañía lo que realmente buscaban de él. Tal vez tampoco era amistad lo que realmente mantenía unido al grupo.
Roger había comenzado a sospechar que aquellas reuniones ocultaban alguna finalidad aún desconocida para él. Si así era, ¿lo habían aceptado por conveniencia? ¿Tenían planes de utilizarlo como si fuera una especie de recurso para lograr su misterioso propósito? Existían leves indicios, motivos que lo hacían pensar que estaba en lo cierto, pero aún dudaba y esta intriga lo había acompañado todo el día.
Al llegar al bar sintió que su mente se relajaba y se fusionaba con el ambiente, sus buenos ánimos renacían de un momento a otro. Los demás jóvenes se pusieron cómodos y comenzaron a beber hasta que la atmósfera se llenó de un bullicio festivo.
Roger consideraba que si iba a jugar a ser un pirata sin barco –o con un buque imaginario, como a él le gustaba pensar–, lo haría bien, y a la antigua. Así lograría impresionar a sus nuevos amigos.
Resolvió entonces tomar el viejo pañuelo rojo que siempre guardaba en su bolsillo y atárselo en la cabeza. Acto seguido, desenfundó su daga y se puso en guardia, y apuntando alternadamente a la nariz de cada uno de los presentes, comenzó a mascullar palabras encarnando a un pirata, mientras cerraba el ojo derecho simulando tener un parche.
–¡Arrr! ¡Presten mucha atención, sabandijas de mar, porque lo voy a decir una sola vez! –comenzó su discurso en forma hostil–. Gracias por esta calurosa bienvenida –dijo volviendo amable su tono de voz, y levantando una botella de ron. Todos lo imitaron y festejaron.
–¡Pero ahora en serio! –volvió a adoptar una actitud tosca– Si me hacen Capitán de esta fragata, prometo convertir a esta miserable tripulación en hombres de mar, peligrosos y traicioneros, ¡verdaderos corsarios a los que ningún alma cristiana tendrá el valor de enfrentarse jamás! ¡Arrr! ¿Quién está conmigo?
–¡El capitán Roger, terror de los siete mares! –gritó Ernesto.
Teo se puso de pie y golpeó la mesa con violencia. Todos se callaron.
–Roger, mi querido Roger… –comenzó a decir tratando de dominarse a sí mismo–. Te habrás dado cuenta de que no nos reunimos acá sólo para beber y jugar a los piratas, ¿o no?
El joven sonrió.
–Teo, mi amigo, no es necesario que estés así de celoso. Yo sé bien que sos el único Capitán de este navío. Estaba bromeando, no planeaba robarte tu lugar. De hecho, si hubiese querido hacerlo, hubiese podido. Sin ofender, soy mucho más fuerte y sé pelear. Si me desafiaras podría dejarte inconsciente…
–No estás entendiendo –contestó Teo cada vez más serio–. Se necesita un carácter fuerte y decidido. Una persona con constancia, inteligencia y capaz de planear una estrategia que sea conveniente y favorable para todos, y que por medio de ella podamos conseguir una victoria. Alguien que sepa guiar, y aconsejar a esta tripulación en momentos de indecisión o debilidad. Yo tengo estudios, soy un universitario, conozco el manejo de la política, ¿vos qué tenés? Me golpearías hasta dejarme inconsciente, ¿y luego qué? ¿Podrías comandar esta supuesta nave con tus cualidades? Yo creo que todos los que están presentes apostarían a que no…
Roger se quedó callado. Se sintió inútil e insignificante, y ofendido ante estas palabras, se quitó el pañuelo de la cabeza con sumisión. Ahora más que nunca quedaban claras las intenciones de alguna revuelta encubierta, de algún secreto bien guardado, que para poder develarlo, a Roger no le quedaba otra alternativa más que esperar a que se decidieran a contárselo. Sin embargo no le salía bien resignarse, pasaron un par de minutos hasta que dijo en voz alta:
–¿Por qué tiene que haber alguien que sepa pensar? ¿Qué es lo que pretendemos hacer?
Nadie contestó. Todos siguieron bebiendo en silencio.
Esto era lo que Roger recordaba una y otra vez. Tal vez lograba distraerse, pero sus propias cavilaciones no lo dejaban en paz. Pasado un corto lapso de tiempo, la escena se volvía a repetir en su cabeza.
Cuatro amigas entraron repentinamente al bar. Se sentaron junto a los jóvenes, que las habían estado esperando. Ninguna de ellas tenía aspecto de señorita de buena familia, pero tampoco aparentaban ser mujeres públicas. Más bien, estaban vestidas de manera seductora, con ropas burdas y vistosas, arrastrando un dejo de humildad.
Al cabo de una hora, una de ellas se había sentado sobre el regazo de Alexis, otra escuchaba entre risas las indecencias que Esteban le susurraba al oído, la tercera –en sorprendente actitud intelectual– se encontraba discutiendo acaloradamente con Teo una cuestión filosófica, y la cuarta se deleitaba con los acordes que salían de la guitarra de Ernesto. Sólo Roger seguía tumbado sobre las mismas cuatro mesas de madera puestas juntas, con dos o tres botellas vacías más a su alrededor. Había quedado solo, y sin embargo cada tanto las señoritas no podían evitar dejar de poner atención en el joven que tenían al lado, para apreciar con disimulo el gran atractivo masculino de aquel pirata rebelde. Una vez que lo vislumbraban de reojo, volvían a sus respectivos asuntos. Sin embargo, él no notaba este detalle. Se encontraba muy distraído tratando de hilar una estrategia.
Se puso de pie de repente, y dejando de lado los balbuceos de pirata, comenzó a caminar sobre las cuatro mesas alineadas. Pisaba fuerte con caminata pausada, con aires de general de ejército. Sus botas militares hacían un ruido sordo que inconscientemente inspiraba respeto. Como en todos los momentos de su vida en los que necesitaba sentirse seguro, se colocó el pañuelo mal atado en la cabeza; y como la temperatura había ido subiendo en el transcurso de la noche y se vio cubierto de sudor, sin querer perder tiempo quitándosela, decidió terminar de rasgarse la camisa. Quedó con el torso desnudo, salvo por sus múltiples cadenas colgadas en el cuello.
Fue en ese momento cuando le vino un golpe de inspiración, y comenzó a hablar. Emitió un discurso ante todos como si fueran soldados que él debía preparar para una importante batalla. ¿De qué habló? Bueno, el tema de la disertación podría resumirse en los propios sentimientos del joven. Primero con respecto a su vida, luego pasó a las costumbres de sus compatriotas en general, para terminar emitiendo una opinión cruda sobre la sociedad en la que vivía. Habló de todo y de todos: de los trabajadores, los campesinos, los estudiantes, los policías, los gobernantes, la clase alta, y muchos otros. Criticó y cuestionó la forma de accionar de muchos de ellos, y propuso cambios radicales para la estructura social…
Fueron palabras atrevidas, enérgicas y atrapantes, que expresó en forma pausada y decidida, manteniendo semejanzas con un discurso de líder político. Mientras duró, todos lo escucharon absortos.
Fue interrumpido casi al final por la voz potente de Camilo:
–¡Roger! ¿Qué hacés arriba de la mesa? –le gritó en tono de broma. Había entrado inesperadamente a la taberna de la mano de su joven amada.
El pirata se sorprendió, se detuvo y les dirigió una sonrisa maliciosa. La irrupción había sido perfecta: podía usar a la señorita como ejemplo en su discurso.
–¡Cada día estás más loco! –continuó Camilo entre risas–. Como sea, muchachos: les presento a Nina, mi prometida desde hoy a la tarde –concluyó, y la abrazó con ternura. Todos saludaron sin ponerse de pie, murmurando palabras similares a “hola”, “qué tal” y “mucho gusto”.
Podría decirse que fue en aquel preciso momento cuando comenzaron a escribirse las primeras páginas del destino que la vida les tenía reservado a todos ellos. El instante que dio a luz a esta historia.
Todo gran suceso, al igual que toda pasión, vicio y miseria humana, tiene un principio. Un momento en el que una persona –tal vez sin darse cuenta– comienza a dejar de vivir en el olvido para empezar a vivir en la historia. Y como todo gran acontecimiento, este relato tuvo un contexto, un prólogo que se acaba de terminar de relatar en este instante.
Lo que tendrá lugar a continuación será un giro fortuito, insignificante para la mayoría de los presentes, el más importante en la vida de Nina.
Los ojos de la joven rebosaban de ingenuidad, de humildad e ilusión ante el presente. Sin embargo, aquella mirada que no había conocido deslices ni contradicciones, fue a posarse desacertadamente en la figura de aquel apuesto holgazán.
Al principio el joven le llamó la atención, por parecerle ridículo que se paseara sobre las mesas. Luego lo observó mejor, y descubrió en él un mar de detalles que la impactaron: su cabello color oro que brillaba como el fuego incluso a la luz de las velas, su aspecto fuerte y vigoroso, su voz áspera y potente, su forma de transmitir seguridad. La transpiración en su torso desnudo le dio un impacto del que le fue difícil reponerse: nunca había visto a un chico joven sin camisa. Sintió de repente la extraña necesidad de verse doblegada a la fuerza por ese hombre que se asemejaba a una bestia salvaje. Por supuesto, no entendió aquella repentina manera de pensar, la sola presencia del pirata le infundía un sentimiento que no podía ni siquiera explicarse a sí misma.
Se dice que hay personas que lo tienen todo y pueden llegar inspirar cariño, al mismo tiempo que hay personas que no poseen ninguna virtud en particular, y por las cuales alguien puede llegar a dar su vida.
Sea el caso que fuere, Nina acababa de decidir que Roger poseía los ojos más hermosos que había visto. Eran más negros que la misma oscuridad, y profundos como un pozo sin fondo, en el que le daban ganas de caerse y no volver a salir. Incluso le atraían más que los ojos de su prometido, que eran azules como dos zafiros.
Para los pensadores que se preguntan si realmente puede existir una pasión sin límites a primera vista, la respuesta es que sin duda alguna es así. Y el instante del flechazo, dependiendo de la situación, es el que puede llenar de deleite o bien de miserias la vida de una persona.
 Pero estaba en una encrucijada. Su corazón, su mente, y sus principios, chocaban de lleno contra lo que sea que estuviera sintiendo en ese momento. No podía evitar preguntarse cómo se llamaba ese impulso que la hacía desear lo que le era prohibido: a un hombre que no era el suyo, con aspecto criminal, sucio y desalineado, ¿cómo podía permitir que le despertara tales pasiones?
Sus pensamientos se interrumpieron: Roger planeaba retomar su discurso y Nina se disponía a escuchar. Sin destinar una sola palabra de felicitación a la joven pareja, el pirata comenzó:
–Tenemos aquí un perfecto ejemplo de lo que acabo de decir: una señorita de buena familia, con una excelente posición económica que se nota en su manera de vestir y en sus modales, hija de un militar retirado, un elemento inútil para la sociedad en pocas palabras. Un ser que nació para cumplir con una sola función en su vida: conseguir un marido y tener un solo hijo que aprenda valores burgueses y después, cuando sea mayor, utilice sus vastos recursos para perjudicar a la clase trabajadora. Como siempre ha sucedido. Observen una de las enfermedades de la sociedad en todo su esplendor. Eso, queridos amigos, es lo que justamente no deberíamos tolerar más en adelante. Gracias por su atención.
El ambiente quedó en absoluto silencio. Roger observó a su alrededor y sólo pudo notar a Teo, que le arrojó una mirada de aprobación desde la cabecera de la mesa. La primera que el joven había recibido desde que formaba parte de aquel grupo. A nadie parecía importarle que la pobre Nina tuviera los sentimientos destrozados.
La joven quedó de pie, inmóvil sin saber cómo reaccionar. Luego, su espíritu habló por ella y comenzó a llorar sin consuelo. La vergüenza la venció y salió corriendo, alejándose de aquel lugar. Camilo no supo qué hacer. El más natural de sus impulsos le ordenaba defender a su futura esposa a toda costa. Sin embargo, se encontró con una fuerza contraria mucho más grande, representada por el respeto que le guardaba a su amigo Roger, magnificada por la confianza y el vigor que poseía el joven mientras pronunciaba aquel discurso.
Sólo tuvo reflejos para correr detrás de ella.

La otra revolución


–¡Nina volvé! ¡Escuchame, por favor!

Pero ella seguía corriendo en la mitad de la noche, y su intención era alejarse lo más posible de él. No podía pensar en nada, porque su cabeza estaba invadida por mil ideas a la vez. Tenía miedo de todo: de Roger, de Camilo y de aquellas personas ante las que había sido terriblemente humillada. Empezó a detestar esa nueva vida que había conocido tan sólo días atrás, pero que parecía haber durado una eternidad.
Correr no era la actividad preferida de Camilo. Tan sólo alcanzó a ver la silueta difusa de su amada, antes de que su esencia se perdiera por completo en la oscuridad.
Cuando se adentró en el bosque, Nina tuvo la certeza de que Camilo ya no la seguía. Estaba tan apurada por llegar a su casa lo más rápido posible, que torpemente se desgarró el vestido, se deshizo el peinado, y perdió los zapatos tropezándose con los troncos caídos en medio de la oscuridad. Por fortuna encontró un claro del bosque iluminado por la luz de la luna, y se apostó allí para revisar sus heridas y, sobre todo, para poder pensar.
Se vio a sí misma: había quedado casi deshecha, con el vestido rasgado, el pelo revuelto y cortes de rama en sus pies desnudos. No pudo evitar pensar que se había convertido en un ser bestial. ¿Sería un castigo por haber admirado con los ojos a aquella otra bestia salvaje?
–¿Será que uno se convierte en lo que ama? –se dijo en voz alta.
Observó para disipar sus culpas el inmenso lago que se abría paso frente a ella, y reflexionó sobre el caos que se había desatado en su mente.
Hasta el momento sus convicciones le habían dictado que el amor era el sentimiento más puro y simple, y que tocaría a su puerta un día –como Camilo lo había hecho–, y luego tendría la capacidad de contraer matrimonio y amar hasta la muerte. Le habían enseñado que un romance era eso: un cruce de miradas entre un hombre y una mujer. Si este hombre tan dulce había venido a decirle que la amaba, ¿cómo no corresponderle ese sentimiento?
No recordaba haberse sentido tan aterrada antes, y le horrorizaba pensar que esa inmensa quimera a la que tanto temía provenía de su interior.
La luz de la luna sobre el agua la ayudó a apaciguar ese monstruo interno. Le trajo paz a esa revolución secreta que había estallado en su ser. Una revuelta en su alma que llevaba un solo estandarte: la capacidad de pensar por sí misma.
Llegó a su hogar con sus ánimos casi aliviados, pero luego vio la figura de su padre sentado en medio de la oscuridad de la sala de estar. No pudo reprimir otro arranque de llanto, y con esa visión cerró de un golpe la puerta detrás de sí.
–Papá: ¡Estoy enamorada!


lunes, 28 de marzo de 2011

La Rebelión Secreta. Capítulo III.


Nina*

Pequeños pies que sostenían un pequeño cuerpo se apoyaban sobre los escalones de piedra. Tan ligeros parecían ser, que a simple vista hacían que la joven flotara sobre el suelo.
Por fin, ella estaba ahí. Había salido de su casa y ahora se encontraba parada en la escalinata, mirándolo fijo. Camilo se limitaba a observarla, con los zapatos lustrados, el pelo húmedo y los botones de su mejor traje mal abrochados. Extendió el brazo con timidez, entregándole un ramo de rosas con el envoltorio todo estrujado por su puño nervioso.
Sus amigos observaban la escena apostados en la vereda de enfrente. Fumaban y reían, simulando ser desconocidos. Al grupo de los tres jóvenes amigos de Camilo, se les habían sumado Roger y Ernesto, que habían sido incluidos en el pequeño club por iniciativa de Teo.
Se encontraban allí en primer lugar para controlar que Camilo siguiera las indicaciones que le había dado Roger, y en segundo lugar para prestarle ayuda si algo salía mal; pero principalmente se encontraban allí para estar en primera fila por si llegaba a producirse alguna situación graciosa.
La joven permanecía inmóvil, sin haber dicho una sola palabra. Sólo una cosa era segura: era dueña de una belleza indescriptible. Su menudencia la hacía verse frágil; y su piel, contadas veces alcanzada por los rayos del sol, tenía el aspecto pálido y suave de la porcelana. Camilo pensó que si aquella criatura hubiese sido una pintura –y lo parecía–, de una sola pincelada y con el más puro negro, el pintor hubiese rellenado el espacio que ocupaban sus ojos y su pelo; con un blanco igual de nítido, su piel; y sus labios con un rojo carmesí. Era una mujer hecha solamente con tres colores.
Sus gigantescos ojos bien abiertos, su pequeña sonrisa apenas arqueada, le daban una expresión inusual de serenidad que la llenaba de misterio. No podía distinguirse ni una sola arruga en su frente, ninguna mueca o línea de expresión parecían indicar que en su interior reinaban una absoluta paz mental y pureza de pensamiento. Era la típica expresión de un alma que jamás sufrió de inquietudes o preocupaciones, de una mente por la que nunca pasaron pensamientos oscuros, o que fueran más allá de las enseñanzas de su institutriz. La bestia podía estar atada, pero esta bestia ni siquiera sabía que lo era. Le habían dicho que era cordero, y no bestia, y ella se lo había creído por completo. Era un cordero atado.
 Sus manos y talones juntos, su pelo prolijo, su vestido largo y su cuello de novicia, le daban indicios de poseer una moral incorruptible. Su presencia y sus maneras decían muchas cosas, pero ella no decía nada. Fue Camilo quien, después de luchar un rato consigo mismo, logró romper el silencio.
–Verte así… Me hace sentir tan feliz que podría cantar las mil cosas que se me ocurren en este instante. Pero cantar no es lo que debo hacer ahora. De hecho, estoy haciendo todo al revés. Mi amigo Roger va a matarme…
Nina no respondió. Su padre les había concedido una caminata de una hora en el parque, y eso es lo que harían. Le extendió su brazo derecho con delicadeza, Camilo lo aferró y emprendieron la marcha. Irían a pie.
–No tenés miedo, no vacilás –comentó Camilo–. Ese detalle me agrada. Pero tampoco me hablás, Nina…
–No sé tu nombre –dijo por fin–. No sé qué podría decirte si ni siquiera sé tu nombre.
–Camilo. Camilo, y yo tampoco sé qué más decirte.
–Si no tenés nada para decir, entonces no digas nada –sus palabras sonaban crudas, pero su tono de voz era casi mágico. Lejos de parecer austera, Nina esbozaba con dulzura lo poco que decía, y siempre sonreía con vivacidad cuando dejaba de hablar, dirigiéndole al joven una mirada penetrante, en la que parecía entreverse cierta picardía.
Camilo acababa de enamorarse perdidamente de esa mirada. Cada vez que Nina terminaba de hablar, él se limitaba a hacer una pausa para observarla con una expresión bobalicona. Finalmente, le apretó fuerte la mano y le dijo:
–¡Estoy perdido!
Mostrando por primera vez cierto nerviosismo, apretando los puños y en tono de confesión, Nina le contestó:
–Yo siento como si por fin me hubieras encontrado.
Sin decir una palabra más durante el camino, llegaron al parque y se sentaron. El sol estaba por ocultarse, el suelo bajo el árbol estaba cubierto de flores, las sombras de las hojas desfilaban sobre el rostro y los ojos de Nina. Todo parecía crear una atmósfera perfecta, y Camilo quedó absorto contemplando todos esos detalles.
En algún momento, Dios sabe cómo, lograron romper el hielo. Algún punto en común, algún tema de conversación acertado los hizo expresarse fluidamente. Conforme transcurría la tarde, se fueron acercando hasta terminar acurrucados el uno con el otro, en un completo silencio que duró varios minutos.
–Tenés luz –le dijo Camilo por fin.
Nina rió.
–Entonces si fuera de noche, ¿brillaría?
–No lo sé. Quisiera averiguarlo –le contestó él astutamente–. A decir verdad, creo que sos maravillosa, y con haberte visto solamente hoy, me hice adicto a tu presencia. Hablarte, mirarte, reír con vos, me hace pensar que nos conocemos desde hace años. Ahora tenemos que volver, pero tengo ganas de verte mañana.
Nina no pudo resistirse a estas palabras, y en un arrebato de pasión, lo abrazó fuerte.
Nunca deberías irte de mi lado –le susurró al oído.
–¡Por supuesto que no! –respondió él, intentando por todos los medios ocultar el rapto de alegría y ternura que le produjo esa reacción–. Ahora sos mi Nina.
Y la abrazó también, diciendo:
–Sólo espero que esto no sea un sueño.
–No lo es –respondió ella, y lo miró fijo, ansiosa, esperándolo.
Se produjo ese silencio incómodo, que sólo anticipa una cosa. Y adivinándolo, él se inclinó un poco y apoyó suavemente sus labios contra los de ella. Bebió un fino sorbo de esa fuente de carmín.
–¡Y pensar que lo supe con sólo verte! –le dijo después.
–Me siento llena –dijo ella.
–Recién no me dejaste terminar. Quiero verte mañana de nuevo a esta hora, y cuando caiga la noche llevarte a conocer a mis amigos.
–¿A dónde?
–Es un bar al que voy todos los días, te va a encantar.
–Todos los días con vos –respondió ella, aferrándolo con fuerza, totalmente rendida ante el hombre que le había dado su primer beso.
Pequeños pies se apoyaban sobre el pasto, y una pequeña espalda la mantenía apoyada en el banco. Se veía tan liviana que parecía flotar. Sus pequeñas manos se aferraban a las de él. Ahora ambos flotaban.


*Este fragmento contiene un homenaje a la canción A Heart Full of Love de la obra musical Les Miserables.

Capítulo siguiente:

viernes, 25 de marzo de 2011

La Rebelión Secreta. Capítulo II.

La historia del pirata que se hacía acompañar por su trovador

Caían los últimos rayos de sol sobre los cristales de la taberna, aún desierta por la hora. Dulces acordes de guitarra sonaban de fondo, acompañados por las pisadas del tabernero sobre las maderas.
Los amigos de siempre se reunían en el lugar de siempre, a tomar cerveza y hablar sobre política. Como estaban casi solos, no se cuidaban de reprimir ningún chiste inadecuado, ninguna payasada, ninguna carcajada sonora.
Había dos hombres más sentados en el rincón más oscuro del bar. Uno de ellos, de aspecto bohemio, tocaba una melodía suave abrazado a la guitarra como si se tratara de una amante. El otro, cuyo rostro estaba cubierto completamente por las sombras, permanecía inmóvil y miraba fijo en dirección a la mesa de los amigos.
–¡Otra vez tarde, este tipo! –dijo uno de los jóvenes mirando el reloj.
–Yo opino que comencemos la reunión sin él –dijo el que parecía ser el líder del grupo. Su nombre era Teodoro.
–Yo opino –dijo el tercero, y señaló con disimulo a los dos extraños de la mesa del rincón– que hoy no hagamos reunión… –agregó bajando la voz.
–Llamemos directamente a las chicas, entonces… –respondió el primero.
–¡Ahí viene el gordo!
En efecto, Camilo cruzaba la avenida en ese momento, y se encaminaba en dirección al bar. Sin vacilaciones, abrió la puerta de par en par y exclamó:
–Don Basilio, ¡marche otra ronda para todos!
Los jóvenes se miraron entre sí, y esbozaron una sonrisa burlona.
–¿Qué pasó hoy, Cami? ¿Encontraste una piedra color rosa? –exclamó Teo, dejando salir una carcajada.
–Amigos míos –declaró Camilo parándose firme–: ¡me caso!
Las risotadas hicieron estallar el bar. El amigo gordito, lejos de ofenderse, esperó pacientemente a que terminaran. Pronto la diversión general se convirtió en curiosidad.
–¿Así que te casás? ¿Y con quién?
Camilo dio un profundo suspiro y se arrimó a la mesa, preparado para contar su historia.
–Su nombre es Nina, tiene quince años y es hija de un ex militar. La conocí en su fiesta de presentación en sociedad. Cuando la vi moverse con gracia de aquí para allá, creí estar en presencia de un ángel –hizo una pausa y su mirada se perdió en el techo–. Cantó, tocó el piano y recitó para todos. Supe en ese momento que me había enamorado perdidamente, y por eso di gracias a Dios ¡Ninguno de ustedes podrá conocer o aspirar a conquistar a una criatura de una belleza semejante! Ella es dulce, delicada, fina, inteligente…
–Sí, sí… ¡Es perfecta! –interrumpió uno de sus amigos– ¡Pero basta de trivialidades! Queremos saber detalles…
–¿La visitaste muchas veces? ¿Tiene alguna hermana soltera?
–Eh… No, muchas veces en realidad no –respondió cabizbajo–. A decir verdad, ni siquiera pude sacarla a bailar en la fiesta.
Todos los de la mesa quedaron perplejos.
–Gordo, ¿cuándo fue esta fiesta de la que hablás? –preguntó Teo, en tono de sospecha.
–¡Ayer por la noche! –confesó el joven, y se sonrojó al instante–. Ni siquiera me atreví a hablarle, ella no me conoce ¡No sabe quién soy!
La carcajada esta vez fue masiva. No sólo se reían los amigos, también el cantinero, y con disimulo también otras personas sentadas en las mesas aledañas.
–¡Amigos, amigos! –Camilo trató de llamar su atención, pero le resultó imposible hacerlos callar–. ¡Amigos! Si me escucharan podría decirles que su padre es amigo del mío, y que ya hablé con él. Me dio su consentimiento para que tengamos una cita…
–¿Ah, sí? –contestó el cantinero Basilio desde la otra punta del bar, y continuó riendo.
–¡Sí! ¡Y cuando me conozca y sepa todo lo que siento por ella, también me va a amar! ¡Estoy seguro!
–¡O te va a sacar cagando, gordo! –dijo un quinto hombre, al tiempo que clavaba una daga sobre la mesa de los amigos. Todos se callaron al instante y se quedaron perplejos por el atrevimiento de aquel desconocido.


Era el hombre que había estado sentado en una de las mesas del rincón. Ahora daba la cara y podían verlo bien: tenía una cicatriz en el brazo. Era alto y de aspecto fuerte, y vestía una camisa blanca muy desgastada, mal abrochada y rasgada en el cuello, pantalones rotosos y unas pesadas botas militares.
–¿Quién es usted, señor? ¿Cómo se atreve? –dijo Teo levantándose de un salto y poniéndose en guardia con su cortaplumas. Los otros dos lo imitaron. Camilo moría de miedo.
El joven no contestó. En vez de eso se quedó de brazos cruzados y sonriendo levemente, mientras acordes de guitarra comenzaron a sonar a sus espaldas:

De los hombres el más temido
Por las damas el más deseado
De la mala vida buen amigo
Por cada sitio está de paso

De gran calaña y galanura
Tengan respeto y no rencor
En presencia del hombre aventura
Del gran pirata Rogelio,
Del bandido conocedor

–¡Roger! –Camilo saltó de su silla– No te había reconocido, ¡hermano! –exclamó, y corrió a abrazarlo–. Así que volviste a la ciudad, ¡qué sorpresa me diste!
Los demás se miraron sin entender.
–La canción fue pésima –se susurraron uno a otro.
–Roger, estos son mis amigos: Teodoro, Alexis y Esteban; estudiantes de derecho. Muchachos, Roger es mi mejor amigo, y lo conozco desde que eramos así –dijo colocando su mano en horizontal y acercándola al suelo.
–Mucho gusto –dijo Esteban estrechando su mano–. Así que sos una especie de pirata que se hace acompañar por… –concluyó la frase señalando al bohemio de la guitarra.
A su vez, este contestó con un verso cantado:

Yo soy Ernesto, el trovador

–Así es –dijo por fin el pirata mientras tomaba asiento–. Viajo mucho, vivo aventuras, y en una de ellas conocí a mi talentoso amigo Ernesto, quien me acompaña desde entonces. Conozco todo tipo de lugares, todo tipo de personas –su voz sonaba firme y resuelta–. Tuve tantas amantes como mujeres habrán conocido ustedes cuatro en sus vidas. Y sé mucho sobre lo que puedan llegar a imaginarse…
–Él vive las aventuras, y yo las cuento con mi guitarra– agregó Ernesto con simpatía.
Alexis y Esteban se miraron con expresión de desdén. Teo no lo juzgó mal, se encontraba pensativo, curioso.
–Ahora que volviste vas a ser el padrino de mi boda –continuó Camilo– ¡y de mis hijos también! Van a ser tres… –repetía mientras tocaba sucesivamente cabecitas imaginarias de niños de distinta altura.
Roger sonrió.
–Primero voy a ayudarte a arreglar este quilombo.
–Eso esperaba, nadie sabe de mujeres como vos.
–¿Qué van a hacer? ¿A dónde van a ir? ¿Qué le vas a decir? ¿Cuándo es la cita?
–No sé, no sé, no sé… ¡hoy! –respondió Camilo en tono inseguro.
Mientras tanto los tres amigos cuchicheaban entre sí. Al parecer, Teo tenía grandes planes para el personaje excéntrico que acababan de conocer


Capítulo siguiente:
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jueves, 24 de marzo de 2011

La Rebelión Secreta

Capítulo I
Camilo

Se precipitó con furia hacia la calle, comandado por sus propias pasiones. Comenzó a correr con tanto éxtasis que tuvo ganas de jugar una carrera con el viento hasta la esquina. Dio monedas al mendigo cuando pasó por la iglesia, y robó un clavel de la florería. Puso un pie sobre el peldaño de un farol y, aferrándolo con la mano, dio una vuelta en torno a él mientras olfateaba con gusto la flor. Su espíritu fluctuaba, sus pensamientos se entrelazaban. Su cuerpo se movía al ritmo de una música bellísima, pero sin sentido.
–¿Será que todas las pasiones empiezan así? Yo no lo sé… –dijo con atrevimiento a una niña que pasaba, y le regaló el clavel.
El sol de la mañana le daba en el rostro, intimidando sus ojos pequeños, tan azules, tan llenos de brío. En vez de caminar pegaba saltos, que hacían alborotar la mata de rulos rojizos que crecía en su cabeza.
–Así que de golpe me planté en una esquina y miré para todos lados. Entendí que la ciudad no era un buen lugar para sentarme a afrontar los cambios que están teniendo lugar en mi alma, y entonces me pregunté “¿Qué sitio puede ser tan hermoso como el amor tan profundo que siento por ella?” Pensé en lago, flores, pájaros, niños jugando… Y acá estoy, sentado en el medio del parque charlando con ustedes, queridas señoras –concluyó, y les dirigió una sonrisa tímida.
Dos de las ancianas se miraron entre sí, esbozaron una sonrisa irónica y siguieron jugando a la canasta. La tercera asintió con ternura y se prestó con amabilidad a seguir escuchando al joven.
–Correr hasta acá me hizo agitar mucho –prosiguió–. Supongo que debo aceptar que no estoy en buena forma –dijo midiéndose el estómago con las manos–. Pero al menos la redondez es sinónimo de salud, y eso es atractivo para las damas.
Hizo una pausa para dar un profundo suspiro, y prosiguió con su monólogo.
–No puedo evitar pensar que en adelante todo será tan diferente. Recién vi a los estudiantes entrando a la facultad, la gente que va a trabajar… Todos me parecen ajenos, como atrapados en un mundo de preocupaciones.
«Y todo lo demás: las casas, los árboles, los postes, los negocios, están en el mismo lugar que ayer. Pero hoy… ¡Hoy empecé a ver todas esas cosas con ojos de felicidad! El mundo no es el mismo, por lo menos para mí. Aquel espejo del almacén pasó a ser el espejo donde me miré por primera vez desde que la conocí. Y ese sol –dijo mientras se paraba sobre el banco– ¡ese sol que me ilumina desde hace veinte años, hoy me conoce enamorado! –gritó mientras apuntaba al cielo con el índice. Luego, sintiéndose avergonzado, se volvió a sentar.»
Discúlpeme usted –dijo tomándole la mano a la anciana que lo contemplaba con ternura–, pero desde hace una hora y media, mi cabeza sólo puede girar en torno a una sola cosa. No dejo de hacer planes, construir castillos de arena… ¡Es que me siento tan seguro ahora! Todo cobró sentido de repente. Antes sentía la vida como algo vacío y efímero, tenía miedo a la desgracia y a sufrir, pero ahora siento que si muero mañana, moriré feliz. Y si algo malo llega a pasarme… ¿Qué más da? ¡Tengo un amor!
Se relajó un momento en el banco, sintió la brisa deslizarse en su piel, y cuando por fin bajó su excitación, se puso de pie y dijo:
–Aunque han sido muy amables, poco deben importarles las palabras de este desconocido maleducado. Señoras mías, he decidido partir al encuentro de aquellos que me conocen como la palma de sus manos. Adiós, y gracias por este adorable momento –y con una suave reverencia, se despidió y se alejó de aquel lugar.



viernes, 6 de agosto de 2010

El Bipolar


Cada noche, ella lo esperaba con la cena lista. Él llegaba a la casa muerto de cansancio, pero a pesar de eso, ambos conversaban hasta que él comenzaba a cabecear sobre su taza de café. Con un afecto casi maternal, ella se ocupaba de despabilarlo y ayudarlo a vestirse para ir a dormir. En algunas ocasiones él no se presentaba, pero ella lo comprendía porque era un hombre libre. Al día siguiente él, temeroso, solía presentar una excusa que ella creía por puro amor y devoción.
Eran más de las doce. Mientras su vista se perdía en la llanura, comprendió que esa noche él ya no vendría, y se fue a dormir. En sus sueños vio cosas terribles. Miles de criaturas sombrías la torturaban sin cesar con sus crujidos. Por momentos levantaba la vista y alcanzaba a ver un par de ojos, una mirada tan maligna que la hacía estremecer y le quitaba el aliento. Aquella noche sintió que iba a enloquecer. Se despertó repetidas veces y sentía pánico con sólo pensar en volver a dormir. Cuando lograba conciliar el sueño, los ojos reaparecían y la vigilaban todo el tiempo. Sin amagar un solo movimiento, aquel ser invisible la embestía con su sola presencia.
Al salir el sol, despertó empapada de sudor y con el corazón en la garganta. Aquella mañana el diario informaba sobre sucesos extraños y muertes dudosas.
Con la llegada de la noche, también volvió él. Ella lo abrazó con alivio y comenzó a contarle sobre sus pesares. Pero algo había cambiado. Sintió su cuerpo al abrazarlo, pero no había nada dentro de él. No dijo una palabra al verla. Se limitó a inspeccionar el lugar con los ojos perdidos. No parecía agotado, más bien parecía artificial. Cuando por fin habló, dijo que sólo quería irse a acostar. Una cosa era segura: su espíritu le había sido arrebatado.
Pensó que esa noche dormiría tranquila, y se equivocó. Las pesadillas recurrieron, tornándose incluso más crudas y abominables que la noche anterior. Vio una vez más la perversidad de esos ojos clavados en ella, se despertó de golpe y esta vez su pesadilla se volvió realidad. Los ojos que habitaban en su sueño se habían confundido con los de él, que la miraban fijo desde el otro lado de la cama. Su expresión era tan vacía y estática que parecía estar muerto. Prefirió no decirle nada, y volvió a dormir. En estas circunstancias transcurrió un mes. Cada noche que dormía junto a él tenía pesadillas, y cada mañana en que despertaba y se miraba al espejo descubría un nuevo moretón, rasguño o herida.
Una noche él volvió a ausentarse. Ella se encontraba vigilando el horizonte, cuando alcanzó a notar que estaba siendo observada desde la oscuridad. Pudo notar que los ojos le pertenecían a una figura inmensa que se acercaba con cautela. La bestia saltó el tapial, clavó sus garras en el suelo con violencia, y le gruñó con ferocidad mostrando sus colmillos ensangrentados. Se acercó al claro de la luna, donde ella pudo notar con nitidez sus ojos perturbados, su expresión de furia. Sintió sus piernas temblar hasta que no pudo más, corrió hacia adentro y se encerró. Escuchaba sus aullidos y sollozos, podía sentir esas garras inmensas rascando contra la puerta sin descanso. Aquello era tan traumático que a la vez le parecía irreal. Después de varios minutos los ruidos cesaron. Aquel momento la hizo llorar de terror.
Al otro día el diario había traído el mismo tipo de noticias que la vez anterior. Leyó atentamente, y después de meditarlo mucho, logró crear una sospecha. Se metió en la biblioteca y comenzó a desempolvar los libros de cuentos más viejos que pudo encontrar. Luego, comparó esos datos con la información del diario, y con sus propias experiencias. Sentía una mirada clavada en la nuca por cada paso que daba.


Una noche se decidió: se había sentado a esperarlo. Había investigado lo suficiente, y estaba segura de lo que estaba pasando. Su figura negra se plantó frente a ella, la luz de la luna llena iluminaba sus ojos enrojecidos de cólera. Muerta de miedo, ella se atrevió a desafiarlo. No tenía la menor idea de cómo saldría ilesa: darle muerte al ser más querido es el destino inevitable de todos los hombres lobo.

lunes, 12 de julio de 2010

Caballos Salvajes o El Momento Más Feliz

Nunca supimos dónde estábamos, ni cómo habíamos llegado ahí. Pero sí sabíamos bien por qué no queríamos irnos. Yo no tenía ningún tipo de expectativa. Él tenía un arma muy poderosa y lo sabía. Cuando tuvo la oportunidad la usó conmigo sin compasión.

Todo empezó aquella noche. Tantas veces lo había visto ir y venir, llevando y trayendo, haciendo esto y aquello. Hablaba sólo lo necesario, reír o siquiera sonreír parecía para él un gasto innecesario de energía. Yo estaba totalmente aburrida de su presencia y la de todos los otros desconocidos. Sólo puedo recordar que me encontraba mirando un punto fijo en la oscuridad, pensando en cosas sin sentido y removiendo melancolías de viejos amores. Adentro todos reían, tomaban y se alborotaban. Se oían risas, y la música sonaba tan fuerte que no podía escuchar mis propios pensamientos.
–¿Te pasa algo? –preguntó una voz. Giré la cabeza sin voluntad, y entonces me topé con aquello que me tomaría tantos años olvidar. Por primera vez lo vi directamente a los ojos y, olvidando todo el pasado, creí empezar a comprender lo que era una verdadera pasión. Me ilusioné. Gris, verde, azul cielo: no necesitaba más aquellos colores. Había visto aquel par de ojos, más oscuros que el ébano, que el pelaje de un cuervo, incluso más negros que la misma oscuridad de la noche. Me llené de felicidad, sentí la necesidad imperiosa de vivir en ellos para siempre.


En respuesta a la pregunta, sí me estaba pasando algo. Tenía miedo. Esos ojos ya habían tocado los míos, había lanzado su flecha sobre mí sin misericordia. Eran el deseo en su mejor personificación, iguales a un par de caballos salvajes amenazando con arrastrar toda mi cordura a su paso. Me invadió la ansiedad y el nerviosismo. Me topaba con el peor de los problemas: sabía que en el futuro lo abrazaría, lo besaría, incluso terminaría en su cama. Pero después de eso nunca más podría dejarlo ir, me desviviría por él, arruinaría mi vida entera por intentar retenerlo.
Sus múltiples intentos por conquistarme serían inútiles: la magia ya estaba hecha, había caído tanto en él que no podía llegar más lejos. Tantos sentimientos surgían y chocaban en un solo momento. No supe si reír o llorar. En vez de eso contesté:
–Nada. Me aburrí.
–Te hago compañía, entonces.
Ahí comenzó todo. Fueron largos días de charlas interminables, intercambios de opiniones y de sueños, consejos, palabras sin sentido, palabras de afecto.
–¡Qué lugar tan hermoso! –le dije un día.
–Esto no es nada. Cuando quiero ver algo hermoso, simplemente sigo el camino –lo miré con curiosidad–. Hacia allá –señaló–, el camino en dirección a la casa.
–No entiendo, ¿de qué hablás? –dije en medio de una risa burlona.
–De nada importante en realidad. Sólo digo que es hermoso –hizo un ademán, señalando nuevamente el camino hacia la casa– seguir la luna.
–Así tendrías que caminar por siempre, y dudo que alguna vez la puedas alcanzar.
–¡No! Te equivocás; el camino se termina, y ahí está la luna. No te olvides.
Nos observábamos fijamente y vivíamos cada día que pasaba como si fuera el último. No queríamos separarnos, no queríamos que aquello terminara jamás. Seguíamos ahí sin saber bien para qué, pero sin querer irnos, al igual que todos los demás. Sólo que ellos dejaron de existir.
Fue el momento más feliz de mi vida, y sin embargo llegué a un punto de inestabilidad emocional que no podía soportar. No estaba cómoda en ningún lado, en ninguna situación. Sentía ansiedad cuando él no estaba cerca, me ponía nerviosa en su presencia, y aún así no quería que se fuera. Si él no estaba conmigo lo buscaba, si hablaba con alguien más me invadían los celos y la angustia. Esperaba el primer beso hoy o mañana, o si no pasado mañana, pero tendría que ser. Tendría que ponerle fin a la incertidumbre que no me dejaba en paz.
Así pasaron solamente tres noches. La cuarta nos sorprendió descansando sobre la alfombra, fumando y riendo, haciendo lo que siempre hacíamos. Nos hizo sobresaltar el grito de mi amiga Marion. Salimos afuera sin perder un segundo, y la encontramos tirada en el pasto. Corriendo en la oscuridad se había tropezado con una piedra y se había doblado el tobillo. Estaba muy ebria, lloraba sin parar y todos los demás la rodeaban tratando de calmarla. Él se desesperó, me recordó al personaje de una novela de caballería: se puso la capa, montó en el corcel y se fue con la intención de salvar a la damisela. Tal vez ese pensamiento fue fruto del romanticismo, o de leer tantas novelas de Jane Austen. Sea como fuere, es necesario aclarar que la capa era una simple campera, y el noble alazán resultaba ser en realidad el auto de de papá.
–Me la llevo –me dijo tomándola en sus brazos.
–¿A dónde?
–Al hospital
–¿Vas a volver? –lo observé con tristeza mientras se iba. Volvió hacia mí, y me miró a los ojos–. Estoy cansada de esperar.
–Si querés algo hermoso, seguí la luna –y habiendo dicho eso se marchó.
Estaba mareada y confundida. Tenían mucho que ver los efectos de Mary Jane, el humo inextinguible que se había propagado en todas las habitaciones. Sin saber cómo, anduve el camino de vuelta hacia la casa. Miré hacia arriba y vi la luna, no podía dejar de pensar que todo aquello era una locura, y sin embargo mis piernas se movieron solas otra vez. Tomé conciencia y me encontré trotando en medio del bosquecito. Las luces de la sala, la fogata, las voces de mis amigos, todo aquello había quedado a lo lejos. Seguí caminando sin saber como detenerme, me perdía cada vez más en la espesura. A cada paso sentía nada más que ramas y hojas rozando mi piel. Todo lo que podía ver eran luciérnagas en la oscuridad, y la luna a lo lejos.
El bosque se terminó, y sentí que mi corazón se detenía por un momento. Llegué hasta la orilla de un lago iluminado en toda su extensión por estrellas, como si fueran las luces de las ciudades más hermosas del mundo. En el medio del agua la luna se regodeaba, parecía sonreírme y llenarme de paz. Nunca había estado en un lugar tan hermoso como ese. Caminé unos pasos y descubrí una enorme piedra plana, ¿con forma de corazón? Lo dudé en ese momento, y me reí de mí misma por estar tan desconcertada. Sentándome en ella, me sumí en pensamientos.
Podía conseguir cualquier cosa con mi juventud y mi belleza, ¿pero cómo iba a lograr que él me amara? Me sentí invadida por una tristeza infinita, impotencia por no poder evitar lo inevitable. Ya no podría vivir sin su mirada que me hacía sangrar de amor. Era tan hermosa que llegaba a doler como una puñalada. Nunca pude entender como algo tan negro podía hacer que las estrellas perdieran su brillo. Cada vez que lo observaba durante la noche, todas las constelaciones juntas competían con la luna por ser el punto de luz de sus pupilas.
Había comenzado a jugar con la arena, haciendo dibujos con mis pies desnudos, cuando escuché el ruido de las hojas moviéndose detrás de mí. Me di vuelta y lo vi sacar el celular del bolsillo, tratando de iluminar el lugar. Al verme, le brotó una sonrisa y lo apagó.
–Pensé que no estabas –me dijo, y sin más preámbulo se lanzó sobre mí.

La mañana nos sorprendió aún en ese lugar. El sol acariciaba dulcemente nuestras pieles llenas de juventud. Él dormía y yo lo observaba sin pensarlo. Así, con el rostro relajado, la piel blanca y el pelo claro, parecía un angelito. Se veía tan inocente y tan tierno que volví a sentir esas ganas de abrazarlo y besarlo. Los rayos del sol marcaban sus músculos, volvían su piel suave y tersa. Se le dibujaba en los labios una sonrisa delicada, tan relajada y pacífica que brindaba placer.
 Tal vez todos habían pasado la noche preocupados, preguntándose donde estábamos. Tal vez a partir de ese instante la vida sería mas hermosa, o tal vez no. Tal vez, como lo pensé en un principio, todos serían obstáculos, dificultades y sufrimiento. O tal vez la paz duraría por siempre. Sólo sé que me levanté y lavé mis piernas en el agua cálida. Ese fue el momento más feliz.



jueves, 8 de julio de 2010

El Arrebato (Fragmento de La Dama Marchita)

 –Dos platos menos en la mesa esta noche, por favor –dijo él repentinamente al pasar por el umbral de la cocina–. Y te agradecería que apagaras esa música, es demasiado triste.
Ella no pudo evitar un largo suspiro ni sentir una pequeña nausea. Intentó con furia reprimir todo pensamiento que pudiera despertar alguna mariposa de las que dormían hace tanto tiempo ya. Como era de esperarse, él no se presentó a la mesa.
–Adelante –dijo con la voz impetuosa que lo caracterizaba–. Gracias por traer la cena, Marcia, tenemos que hablar.
Ella se sorprendió, evidentemente la habitación matrimonial había sido víctima de ciertos cambios drásticos: las fotografías ya no estaban, y la puerta abierta de par en par del armario revelaba un vacío lúgubre. Sin embargo, la principal razón que tuvo Marcia para sorprenderse tenía que ver con que ellos no habían hablado seriamente en cinco años.
–Sí, falta toda su ropa –dijo él al ver su rostro perplejo–. Se llevó eso, bastante plata, y también a mi hijo –cruzó los brazos y levantó un poco los labios en señal de resignación.
–No parece muy acongojado –logró formular Marcia, vencida por la timidez.
–No me trates de usted –hizo una pausa–. Me casé con ella por poder, por plata, por la jerarquía que me dio socialmente. Creí que lo sabías.
Ella negó silenciosamente.
–Después terminé amándola, pero sólo un poco. Uno siempre tiene un sólo amor en toda su vida.
Ante sus palabras, ella sacudió la cabeza en señal de triste aprobación, luego bajó la mirada hasta que su rostro se ensombreció.
–Con Griselda, mi última novia, nos amábamos tanto... Después yo me casé y ella se enojó mucho, pasaron diez años ya –suspiró largamente–. Fui un idiota y confío en que me pueda perdonar. Ayer pasé todo el día escribiendo una carta de disculpa en la que le declaré mi amor. Ahora que mi vida anterior terminó, mi más profundo deseo es que ella vuelva a mí.
Marcia apretó con fuerza los labios, sus párpados temblaron, su respiración se volvió entrecortada, y las adormecidas mariposas se convirtieron en abejas. No intentó ocultar ni por un segundo aquel brote de ira repentina. Todo su mundo había cambiado dos veces en cinco minutos. Hacía quince años había conocido a un hombre, se había enamorado, y desde entonces él no había abandonado su mente ni por un segundo. Antes de ser su criada, antes de ser su amiga y confidente, ella había formado parte de su lista de amantes, de víctimas de su despotismo disfrazado de amor. Ninguna había logrado olvidarlo, y ninguna había llegado a conocerlo tanto como ella. Le era tan familiar su facilidad de desplazar su amor de una mujer a otra, que se inmutó muy poco por el planteo que acababa de escuchar.
–Sí, muchas veces me hablaste de ella. Nunca la conocí. Deberías estar de duelo por tu ex esposa y tu hijo. No entiendo por qué esa historia vuelve a resurgir justo ahora, sin embargo, me ofrezco a llevar la carta –le tendió una mano temblorosa, que acompañaba el movimiento convulso de sus labios.
–No te pongas tan nerviosa. Ya llevé la carta, seguramente ya la leyó.
Dando media vuelta, Marcia pegó un notorio portazo. Por la sacudida, la bandeja de la cena rodó por el suelo y la comida manchó la alfombra. A él se le escapó un gesto de satisfacción, y sin pedir ayuda comenzó a limpiar el desastre con lentitud y placidez. Esa carta se había salvado de ser quemada en la hoguera del patio.
El tema rondó en su cabeza durante toda la noche, y también al día siguiente. De tantos nervios no pudo dormir, ni hacer las tareas domésticas, ni siquiera pudo comer por las náuseas que sentía. Tampoco se pudo sentar a leer, como por las tardes se lo dictaba su costumbre, porque todas las palabras que podía descifrar tenían que ver con dolor.
–Prepará té –le dijo él alrededor de las cuatro de la tarde. Ella se encontraba de pie en el jardín cubierto de sombras, sosteniendo el balde de agua que pondría a hervir en la hoguera, cuando le pareció ver una silueta entre las rejas del portón.
Se acercó sin voluntad, con el corazón en la garganta y una sensación de asfixia. La incertidumbre se veía reflejada en sus ojos abiertos de manera exagerada. Al fin logró acercarse lo suficiente, sólo para comprobar lo peor: se vio sumida en una batalla cuerpo a cuerpo con su propio destino.
–¿Se encuentra el dueño de casa? –preguntó, y le brotó una sonrisa.   Aquella visitante. Su pequeña nariz, su palidez contrastante con el rosado de su boca, el brillo en sus ojos negros, la forma en que se conjugaba la delicadeza de las líneas de su rostro con el movimiento de sus labios, y ese cabello encrespado...
De todas aquellas cosas, Marcia sólo pudo sacar una conclusión: era como verse en un espejo.
Enloquecida de dolor por su presencia, tan mortífera y a la vez tan agradable que llegaba a sentir una inexplicable atracción, atinó a decirle:
–Adelante, seguime.
En el camino ella habló llena de éxtasis, pronunciando las típicas frases que intercambian las amigas, aquellas mujeres unidas por el cariño y experiencias de vida similares. Pero una dejaba salir sus ideas con total entusiasmo y elocuencia; la otra caminaba adelantándose, con la cabeza gacha y el alma agonizante.
–Estamos yendo hacia el patio trasero, ¿no vamos a entrar por la puerta principal?
Marcia no contestó. El resto del viaje transcurrió en silencio, finalizó cuando ambas se colocaron enfrentadas alrededor de la hoguera crepitante. Miraban sin descanso el movimiento de las llamas y trataban de atrapar el calor con las manos. Sus rostros habían tomado un aspecto tétrico.
–Te tengo miedo –dejó salir Marcia.
Griselda la observó, no se había dado cuenta a qué se refería, sin embargo contestó con un temor similar.
–¿Por qué?
Tu presencia está arruinando mis planes, todo lo que construí y mi vida entera –cada idea brotaba de ella de manera arbitraria, como si se tratara de lágrimas–. Tardé quince años en construir una relación de confianza, y evité a toda costa dar un paso en falso.
Se produjo un silencio incómodo.
–No me quites todo eso, por favor –agregó aún sin poder mirarla a la cara.
Ante tal escena, Griselda respondió con un silencio total. Un leve movimiento inclinado de sus labios indicó que había captado el problema. Al hacerlo resopló con fastidio, y aquella demostración agotó las pocas reservas de paciencia y cordura que aún poseía Marcia. Si con eso había querido demostrarle indiferencia, no cabía duda alguna sobre cuáles serían las consecuencias.
Nada podía hacerse, el destino lo había querido así. El observar detenidamente la fogata ayudó a apaciguar sus ansias. 
–Quiero que nos casemos en julio –sentenció Griselda, y sus palabras cortaron el aire.
A fin de cuentas, el mirar fijamente hacia el fuego sólo avivaba más las llamas que la consumían por dentro. Se apoderó de ella un ímpetu de violencia, una pasión, un éxtasis, un impulso, un arrebato…
Con un solo movimiento tomó el balde metálico ardiente y descargó un golpe hábil, seco y certero en su rostro. Había eliminado de forma tan simple otro inminente peligro, otro obstáculo por fin había dejado de interponerse entre ella y el objeto de su más profundo deseo.
 Su cuerpo yacía sin vida en el suelo junto a la hoguera, una enorme marca negra se había tatuado entre sus ojos, aquellos que radiantes y llenos de vida habían venido buscando esperanzas de amor. Aún sin poder situarse correctamente en espacio y tiempo, Marcia observó el contenido del balde: había derramado gran cantidad de agua, pero aún quedaba lo suficiente para un té.

–Permiso.
–Adelante.
Marcia apoyó la bandeja con el té sobre el escritorio. Se quedó de pie junto a él, lo observaba con amor.
–Lo noto cabizbajo… –dijo atragantada con su propio atrevimiento.
–No me trates de usted. Ella no vino, la estuve esperando toda la tarde.
–¿Quién?
–Ella… –se produjo un silencio incómodo.
–Lo lamento –dijo simulando tristeza, y amagó a salir.
–No importa, ya forma parte del pasado, tengo que entender eso. Si fue capaz de ignorar mi carta, dejó de tener sentido para mí.
Una sonrisa casi perversa comenzó a recorrer su rostro: allí estaba manifestándose, otra vez de la manera más natural, aquella capacidad del señor Kutcher de restar importancia a los sentimientos. Con pasos agigantados y gustosos terminó de marcharse y llegó hasta el balcón que daba al patio trasero. Se apoyó en el barandal y contempló serenamente el ocaso, reposó la cabeza entre los brazos y dejó salir una pequeña risa de locura.
–Tal como lo imaginé –susurró.
El cielo le sonreía esgrimiendo un naranja radiante, el verde vivo del parque a esas horas hacía que la vista pareciera una pintura. Nunca existiría nada entre ellos, su momento había pasado hace mucho tiempo. Cualquiera podía darse cuenta de que otro problema similar estaba por presentarse.
Ella suprimía esas ideas, la satisfacción era el único sentimiento que no se podía quitar de encima: estaba embebida con la sensación de que por un tiempo volvían a ser sólo dos.