jueves, 21 de abril de 2011

La Rebelión Secreta. Capítulo V.




Capítulo V
León

Pero el hombre se puso de pie y se colocó precipitadamente bajo el espectro de la luz de luna que entraba por la ventana. No era papá. Era un desconocido alto, cuarentón, calvo y con bigotes puntiagudos, que llevaba puesto un suéter azul con cuello de tortuga.
Por el susto, el corazón de Nina dio un vuelco, el pánico repentino se le clavó como una daga en el pecho y se le tornó dificultoso respirar. Retrocedió y atinó a aferrar el mango de la puerta de entrada.
–¿Quién es? ¿Dónde está mi papá? –preguntó petrificada y con voz inaudible.
–Tranquila, Nina –dijo el extraño levantando ambas manos en forma pacífica, con expresión de contener a la joven– no me tengas miedo.
–¿Cómo sabe mi nombre? ¡Papá! –susurró tímidamente, y luego gritó– ¡Papá!
–¡Shh! ¡Tu papá está descansando! –explicó el hombre tratando de apaciguarla–. Yo soy un amigo, mi nombre es León –dijo tendiéndole una mano–. Podés confiar en mí.
Pero Nina esquivó el saludo y se dirigió a la habitación contigua. Con cuidado abrió la puerta y comenzó a escuchar los ronquidos del anciano. Pudo divisar su silueta durmiente en medio de la oscuridad y, con el corazón finalmente en paz, cerró la puerta.
–Cayó enfermo esta tarde –dijo una voz detrás de ella. El amigo de su padre se había acomodado nuevamente en el sofá, y continuaba bebiendo su té–. No estabas, y Magdalena no podía sola con él, por eso me llamó.
Ella se sentó a su lado y juntó sus manos. Aún estaba descalza, despeinada y embarrada. Su expresión era de profunda tristeza.
–¿Y como es que nunca había oído hablar de usted?
León se encogió de hombros con expresión desinteresada.
–Conozco a tu padre desde hace dos años. Perdón si fue muy violento nuestro encuentro de hace un instante, es que decidí quedarme hasta que volvieras, por cualquier eventualidad.
–Gracias –murmuró ella mientras asentía. Se encontraba cabizbaja–. Puede quedarse esta noche si así lo desea –dijo sin ganas.
–Lo sé –contestó el hombre con seguridad. Hacía gestos cordiales con la cabeza mientras aferraba su taza, y cada tanto se enrulaba el bigote derecho. Por primera vez entonces, Nina alzó la mirada y se encontró con sus ojos:
–¿Qué le pasa a mi papá?
–Creo que es un principio de gripe, pero no estoy seguro. El médico quedó en venir mañana.
–Ah…
–Y a vos, ¿qué te pasa?
León había comenzado a inspirarle confianza, pero todo lo que quería hacer Nina en ese momento era irse a dormir para ver si así lograba menguar la espiral de sus pensamientos. Intentó salir de la situación:
–Pasa que… hoy me comprometí. Me voy a casar.
–Si esa expresión es la que vas a tener en tu boda, por más que te vistas de blanco la gente no va a saber si sos una novia o una viuda –dijo León con ironía. Pero su semblante parecía preocupado–. Supongo que tu aspecto desalineado y el estado de tu ropa tampoco me concierne…
Nina no quiso ser descortés, así que se puso de pie e hizo una reverencia.
–Con permiso, ya es mi hora de dormir.
Mientras se alejaba en dirección a la puerta, León le dijo:
–Entonces menos mal que no fue tu padre quien escuchó lo que dijiste al entrar, ¿o no? –expresó con total serenidad.
Ella se detuvo un momento, y luego sin mirar atrás volvió a emprender la marcha. Se metió en su alcoba y cerró la puerta.

Contratiempos
Soñó algo que no pudo entender, pero sin dudas tuvo que ver con él. Despertó con los primeros rayos de sol de la mañana, que penetraban en diagonal a través del vidrio, con la forma que le daban las hojas del árbol que crecía junto a la ventana. El canto de un pajarito que se posaba en aquel árbol comenzó a entremezclarse con su sueño, y terminó de despertarla el sonido de los baldazos de agua sobre la vereda, seguido por la fricción de las cerdas de la escoba sobre las baldosas. Sus sábanas olían a jazmín. Se despertó increíblemente contenta.
Se levantó de un salto y corrió hacia la habitación de su padre, golpeteando los cerámicos del suelo con sus pies desnudos. Abrió la puerta de par en par y allí estaba él, sentado sobre almohadones colocados en el respaldo de la cama, y con la bandeja del desayuno en el regazo. El sol que le daba en la espalda, su pelo largo y canoso, su mentón cuadrado y su expresión solemne, le daban cierto aspecto de rey león.
–¡Buenos días, princesa! –le dijo con su voz profunda, y le dirigió una sonrisa que le dio aún más solemnidad.
Tuvo tiempo de correr la bandeja antes de que ella se le arrojara encima.
–¡Buenos días, papá querido! –dijo frotando su cabeza contra su pecho. El viejo rió, y le acarició la frente con la barba pinchuda.
Sólo entonces la joven notó que el hombre del día anterior se encontraba sentado en una silla a la izquierda de su padre.
–¿Cómo dormiste, princesa? –dijo el anciano acariciándole dulcemente la cabeza–. Papá durmió más o menos. Está todo viejo, todo enfermo…
Nina no le contestó, se había ensimismado observando a León.
–Buenos días, Nina –dijo él. Ella le respondió el saludo moviendo la cabeza una vez.
–Así que ya se conocieron ustedes dos…
–Sí, Emilio. Anoche me quedé esperándola en el recibidor. Se asustó mucho cuando me vio y no me reconoció, la pobre –hizo una pausa– ¿Por qué no le contás a tu papá las buenas nuevas? –concluyó, en un tono que denotaba cierto sarcasmo.
–¡Ah sí! –le respondió ella sin ánimos. No podía borrarse del rostro esa expresión de estorbo cada vez que lo contemplaba. Se volteó hacia su padre, y aferrándole la camisola, le dijo muy seria:
–Me comprometí con Camilo, papá. Ayer.
El anciano reaccionó con sorpresa, e inmediatamente lo invadió la felicidad. Al verlo, a ella le pasó lo mismo, y olvidó la incomodidad que le producía la presencia de aquel hombre. La crisis que se radicaba en su interior tampoco reflejaba la expresión de alegría con la que su padre y ella celebraron ese momento.
–¡Felicidades, hija mía! Me hiciste emocionar.
Ella sonrió. Don Emilio continuó:
Me hacés tan feliz, princesita, y estoy tan contento… En cuanto me recupere un poco voy a ir a visitar a tu futuro suegro, ¡hace meses que no veo a ese miserable! –rió– Él y yo somos amigos desde hace años, ¿te lo había contado?
–Sí, papá, muchísimas veces –respondió Nina, sin poder borrarse la sonrisa forzada del rostro, la única herramienta que poseía para demostrarle a su padre que estaba feliz, mientras se moría por dentro. León la observaba en silencio, y con expresión enigmática.
–¡Qué bueno! –dijo el viejo dos veces, y la volvió a abrazar–. Mi querido amigo León, yo creo firmemente que de entre todas las cosas que el Señor me dio en esta vida, nunca me bendijo tanto como el día que me confió a este ángel. Mírela bien: es un modelo de pureza y felicidad. Valiente, sincera, y entregada a los modales puritanos. Si me preguntan, ¡yo estoy orgulloso de que mi hijita haya encontrado el amor!
Nina se sintió verdaderamente mal, indicio de que las palabras del anciano eran ciertas. La culpa no la dejaba en paz, e intentó cambiar de tema.
–¿Vino el médico ya?
–Sí, hoy más temprano –contestó León–. Es gripe, efectivamente. Le dio unas recetas y dijo que lo cuidemos, que debe hacer reposo y que no es bueno que se estrese, porque podría empeorar el cuadro. Va a volver en la semana para ver cómo avanza –concluyó, y le dio dos palmadas en la mano al enfermo.
Nina no le dirigió la palabra, en vez de eso abrazó a su padre con entusiasmo.
–Me alegro de que todo esté bien entonces –exclamó frotándole la espalda–. Te dejo terminar de desayunar y me voy a vestir.
–Está bien, princesa. Mañana o cuando me encuentre mejor comenzaremos a planear tu boda –le contestó Don Emilio.
Ella sonrió otra vez con expresión triste, y abandonó la habitación.
En el camino escuchó el ruido de un golpe seco, proveniente de su alcoba. Pensó que se trataría de Magdalena limpiando y moviendo los muebles.
Pero cuando llegó, la habitación estaba vacía. Comenzaba a preguntarse de dónde podía haber provenido aquel sonido, cuando vislumbró a través del vidrio un proyectil negro que volaba hacia ella, y daba de lleno en el cristal sin romperlo, para volver a caer al suelo.
Sin perder un instante abrió la ventana de par en par.
–¡Nina! ¡Escuchame! –aulló el joven con desesperación.
Era Camilo.
–¡Silencio! –le respondió en un susurro audible–. ¡Mi padre está enfermo y tiene que descansar! –le explicó; y sin embargo ella sabía bien que si al joven se le ocurría armar un alboroto, peligraría su secreto mejor guardado. Su presencia en aquel lugar era una bomba de tiempo, así que decidió que debía echarlo cuanto antes.
–Amada mía, ¡me estás lapidando el alma con este silencio, como yo lapido tu ventana! Decime, ¿por qué te fuiste? ¿Por qué huiste de mí? Puedo entender que te hayas ofendido, pero tu actitud sigue llenándome de desconcierto. ¡Bajá, por favor, para que podamos hablar!
Camilo se veía triste y desesperado. Nina estaba un tanto conmovida, pero aquella imagen había terminado de acabar con los últimos vestigios de su adoración hacia él. Tomó, a pesar de su inmensa piedad, la salida que le fue conveniente.
–No puedo bajar, Camilo, estoy ocupada.
–¡Ah! Ahora me llamás por mi nombre con sequedad. No sé si me aniquila más esta barrera fría que pusiste entre nosotros, o la incertidumbre de saber si el amor que sentís por mí sigue intacto.
–Amado mío, por favor, tenés que entenderme. Mi padre está en cama, estoy preocupada y quiero estar pendiente de él. Pero te prometo que si venís mañana, voy a bajar y vamos a poder conversar…
Nina seguía hablando desde la ventana. Se imaginó la respuesta de Camilo: una especie de vacilación que terminaría por decir que acababa de romper su corazón. Pero no fue eso lo que ocurrió.
El joven no le respondió, porque no pudo. Pequeñas lágrimas comenzaron a rodar tímidamente por sus mejillas hinchadas. Se sonrojó, avergonzado, y caminó hacia atrás unos cuantos pasos antes de echarse a correr calle abajo.

Confrontación
Al día siguiente, Camilo la visitó incluso antes de que se levantara. Nina estaba soñando otra vez con aquel joven a quien parecía adorar cada día más, cuando fue despertada por los golpes de las piedritas que su prometido arrojaba a la ventana.
Tardó unos minutos en despabilarse, pero ni bien se asomó, él le dijo:
–¡Ya sé lo que ocurre Nina, y tiene que ver con ese patán!
Ante estas palabras, ella tragó saliva.
–¿De qué estás hablando?
–De mi amigo, el que te humilló en la taberna. ¡Pero puedo hacer que el venga hasta aquí y te pida perdón de rodillas! ¡Juro que lo haré!
–¡Ah, es por eso! –respondió con un suspiro de alivio–. Te lo agradezco, pero ya no me siento ofendida.
–¡No! Decíme, por favor, que es por eso que estás tan ausente, que es por eso que te alejás tanto de mi presencia. O si no, explicame tus motivos, ¡pero por favor no me digas que ya no me querés!
–Camilo, bajá la voz, ¡que te va a oír mi padre! No puedo hablar ahora, acabás de despertarme y estoy en ropa de dormir.
–¿Esa es tu respuesta? ¿Ni siquiera sos capaz de recibirme por compasión? Mirá como estoy: sucio y desalineado, ya dejé de comer, casi no logro dormir, ¡y si duermo tengo las peores pesadillas!
Nina apretó los labios y se quedó callada, pensativa.
–No tiene piedad de mí ese silencio, ¿es que te gusta verme llorar? Podría golpearme, y así podría complacerte. Pero no me hagas daño en el orgullo, ¡porque duele mucho más! Me voy ahora, pero volveré a buscarte –habiendo dicho esto comenzó a marcharse, pero Nina lo detuvo.
–¡No te vayas!
Él se dio la vuelta. Aquella reacción sorpresiva ante su partida le dio ánimos para hacerle la pregunta que tenía atragantada.
–Nina, ¿vos todavía me querés?
La joven se sentía una verdadera arpía por estar hiriéndolo de esa manera, así que decidió pensar bien lo que le diría.
–¡Sí, amor mío, por supuesto! El problema en realidad es por aquel joven amigo tuyo, el que mencionaste al principio…
–¡Aleluya! Al fin una respuesta, no sabés lo aliviado que me siento –exclamó refregándose el sudor de la frente–. ¿Estás hablando de Roger? Mi amigo Roger no es un problema, es decir, es un problema que tiene una solución. Ya te dije que puedo hacer que se disculpe…
Y continuó hablando. Pero Nina ya no lo escuchaba, todo lo que sonaba en su mente era esa palabra: Roger. Era como música clásica para ella. Ahora que sabía el nombre de su amado, se sentía más cerca de él y sus esperanzas renacían a cada instante.
Sus pensamientos se obnubilaron de repente, el mundo a su alrededor parecía desaparecer ante la pronunciación de aquellas dos sílabas. Cada pulgada de su cuerpo palpitaba al ritmo su nombre: ¡Roger! ¡Roger! Había logrado terminar de perderse por completo.
“Ay, ¿que será de mí?” pensó, y cerró la ventana. Sin darse cuenta, había dejado a Camilo hablando solo.
Varios días transcurrieron así. Ella se levantaba después de haber soñado con él toda la noche. La gripe de su padre no avanzaba ni retrocedía, y la situación de ella tampoco, pero por lo menos el anciano estaba tranquilo.
Ese hombre calvo y extraño seguía deambulando por la casa. Se ocupaba de todo: pagaba los impuestos, cuidaba a Don Emilio, daba órdenes a Magdalena y tomaba todas decisiones necesarias.
Nina desayunaba, almorzaba y cenaba en la mesa con él. Hablaban algunas veces de Don Emilio, otras de música y literatura, y hasta ahí generalmente llegaban sus temas de conversación. Cuando terminaban de comer, cada uno se abocaba a lo suyo.
Camilo no interrumpía sus visitas. Cada día religiosamente a la misma hora, Nina escuchaba las piedras chocar contra su ventana. Cuando eso ocurría solía salir, y empezar a dar excusas sin sentido que terminaban por confundir más al joven.
En todos los días que habían pasado, Nina no se había detenido un momento para intentar explicarle concretamente la situación, o pensar en un plan que pudiera ahuyentarlo en forma definitiva. En vez de eso, sólo vacilaba, se contradecía a sí misma, se quedaba sin palabras. Camilo le hablaba siempre con expresiones dramáticas y terminantes, que lo hacían parecer un hombre en agonía.
Tan cotidiana se había vuelto esta escena, que el carnicero, la pescadera, e incluso un linyera que solía frecuentar la cuadra, se habían acostumbrado a asomarse siempre a la misma hora sólo para escuchar la discusión melodramática. Mientras tanto, puertas adentro, nadie estaba enterado de lo que le ocurría a Nina. O eso parecía.
–Nina, hoy quiero tocar un tema delicado con vos –le había dicho León en medio de un almuerzo–. Comprenderás que tu padre es viejo, y ahora que está enfermo, bueno… Es muy probable que no se quede mucho tiempo más con nosotros.
Ella lo observó con enfado.
–Estos últimos días, más que nada estuviste a mi cuidado y me siento en cierta forma responsable por vos –continuó él–. No quisiera que te pasara nada malo, ¿me comprendés? En resumen, creo que hay algo que te preocupa y me gustaría que me contaras de qué se trata. Digo, si es un problema, seguramente tiene una solución, ¿no es así?
Pero cuando levantó la cabeza, Nina se había ido del comedor.
La joven no había vuelto a salir de su hogar por miedo a enfrentar su destino, y seguía pensando en Roger cada día que pasaba.
Comenzaba por imaginárselo, y pensaba en todas las cosas que le gustaban de él. A pesar de haberlo visto una sola vez, le parecía un hombre maravilloso, que transmitía madurez y seguridad, pero en el fondo tenía una personalidad oculta muy dulce y sensible.
Se pasaba las horas de su día imaginándolo a su lado. Era lo último en que pensaba al acostarse, y lo veía al levantarse siempre junto a ella. Soñaba despierta con él pisándole los talones a cada instante, compartiendo sus experiencias, y enfrentándose juntos a un destino en común. Sentía que le hablaba como respuesta a cada uno de sus pensamientos. Reían juntos, él hacía comentarios con su voz severa y al mismo tiempo musical, y esa misma voz se pasaba el día susurrándole al oído incontables y preciosos elogios.
Como un aplacante de su profunda soledad, imaginaba todas estas cosas y se reía hasta casi no poder soportar sus propios accesos de felicidad. Después ideaba planes infantiles para lograr su cometido. Quería aparecerse por la taberna, y una vez allí, sin duda alguna él se fijaría en ella y comenzaría a amarla, y entonces ambos podrían estar juntos para siempre.
Llegó el día en que descubrió que su pasión verdaderamente no tenía límites, y sintió una necesidad irreprimible de contárselo a alguien. Empezaría por Camilo.
Se despertó muy temprano la mañana siguiente, teniendo aún estos pensamientos en la cabeza. Salió a recibir una vez más el melodrama de su amado.
Aquel día, casualmente Camilo había adoptado una actitud tan madura, que Nina había quedado sorprendida. Estaba bañado, prolijo y bien vestido por primera vez en más de una semana. Comenzó sentándose formalmente en la escalinata, y luego con aire solemne le preguntó:
–¿Cómo te encuentras el día de hoy, querida?
–Bien –respondió, y fue lo único que pudo decir al respecto–. Estoy asombrada, te veo con más ánimos hoy.
–Estuve pensando mucho anoche, y creo que la respuesta a esta crisis es muy simple.
“Va a dejarme”, pensó Nina, y se estremeció. Porque aunque fuera este su deseo desde un principio, su corazón era inmaduro y egoísta. Camilo continuó.
–Me di cuenta en estos últimos días que tenés ya suficientes problemas, y lo que estás pidiendo de mí es tiempo para reflexionar sola. Bueno, si querés puedo dejar de venir tanto, voy a hacerte sólo una pequeña visita de vez en cuando. Podemos volver a vernos seguido después de que ordenes tus pensamientos, y aplazar nuestro casamiento por tiempo indefinido… Claro, todo esto, sólo si estás de acuerdo –concluyó de hablar, y la observó expectante.
Ella se había decepcionado. Su vida entera parecía estar en un impasse que cada vez se asemejaba más a un estresante calvario sin solución.
–Puedo pasar mañana –continuó él–. Así tenés tiempo para pensarlo esta noche, ¿qué opinás?
Ella no contestó, estaba petrificada. Tenía en su rostro esa expresión que requiere el acto de juntar coraje.
–Bueno, ¡que así sea entonces! –exclamó Camilo con alegría fingida–. Me voy yendo. Quiero que sepas que pase lo que pase te voy a entender y respetar. Siempre me vas a tener a tu lado, como un fiel esposo, y nada de lo que digas o hagas va a hacer que yo deje de amarte como…
Y no pudo continuar, Nina lo interrumpió.
–¡Estoy enamorada de tu amigo Roger, Camilo! –dijo, y sus palabras salieron despedidas como una liberación del alma, como bombas que la joven había dejado caer justo sobre el corazón de su prometido.
Él la observó con asombro, durante esas milésimas de segundo que tarda el ser humano en comprender las palabras. Luego no pudo moverse más. Ahora él había quedado petrificado y en silencio, con una expresión de espasmo creciente que llenaba de horror a Nina más y más tras cada momento que pasaba. La joven decidió no quedarse a ver lo que sería de aquel desdichado, y cerró la ventana.
Sintió sus cargas más livianas por un instante. Luego se volteó y su paz se vio perturbada nuevamente. Allí, observándola fijo con expresión severa, se encontraba el hombre calvo. Su presencia era como la sombra de un monstruo gigante que cubría por completo la pequeñez de la joven.
Sin dudas, había vigilado silenciosamente su conversación entera, y no le había dicho nada aún, pero sus ojos hablaban, pedían explicaciones, regañaban, y castigaban. Ponían en duda su reputación, denunciaban su comportamiento y cuestionaban su entera persona. Nina no pudo soportar todos esos gritos inaudibles que sacudían su conciencia, y entonces habló primero.
–Ahora sí, llegó el momento de explicarte –dijo con gran determinación y dominio de sí misma. Luego se desplomó–. ¡Ay, tío León! –exclamó con actitud melodramática.
Corrió a abrazar al hombre, y hundió la cabeza en medio de su pecho. Las lágrimas comenzaron a mojar su suéter azul. Él cambió la expresión de su rostro severo, y la hizo compasiva y contenedora. Sentó a la joven en el borde de la cama, y le tendió el vaso de agua que tenía en la mano.
–Cuando quieras –le dijo suavemente, y la rodeó con su brazo.
Y ella le contó toda esta historia, de principio a fin: cómo siendo aún ingenua se había enamorado y comprometido con Camilo, cómo luego de eso había conocido al hombre de sus sueños y había comenzado a experimentar un cambio interno. Él la escuchó con atención, sorprendiéndose de tanto en tanto y dejando salir exclamaciones comprensivas.
–Pero no cambié, no crecí. Hay cosas que no sé cómo manejar –dijo mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas–. Sólo sé que encontré al joven con el que me quiero casar, pero ¡ay de mí! ¡Hay tantas trabas y peligros en el camino hacia él!
El hombre la abrazó más y le acarició la cabeza, mientras ella seguía llorando en silencio, y susurraba:
–¿Qué debo hacer, tío León?
–Primero tenés que tranquilizarte. Tenés que convencerte de que esto no es culpa tuya, que los errores a tu edad no existen y sólo son formas de aprender, y como te dije antes, no hay problema que no tenga una solución. ¿Está bien?
Ella contestó con un movimiento de cabeza.
–Después tenés que tomarte un tiempo para meditar y descansar.
–¡Eso es lo que estuve haciendo! Pero nada se me ocurre, nada…
–Sí, e hiciste muy bien. Pero el último paso –y el más difícil– es confrontar tus problemas. Eso es lo que tenés que hacer ahora. Siempre surge la manera si se piensan las cosas con cuidado, así que después de planear una buena estrategia, tenés que ir al lugar donde se encuentra ese muchacho, tomar tu propia vida de los pelos y decirle: “Así es como quiero que seas”. No depende de él ni de mí, ni de nadie. Sólo de ti.
El rostro de Nina se iluminó ante tales palabras. Aquel hombre del que poco sabía comenzó a inspirarle una infinita confianza.
–¡Sos un gran consejero, tío! Te debo miles de gracias, ahora con tu apoyo me siento más encaminada.
–¡Pero hijita, para eso estoy! –le respondió, y le brindó una sonrisa tétrica.
–Por favor, no le digas nada de esto a papá. No quisiera causarle más problemas. Tenés que prometer que no le vas a contar nada, ¿lo prometés?
–¡Sí, mi querida! –exclamó, y levantó una mano–. Juro solemnemente que mantendré mi palabra, y de no ser así que se me caiga todo el pelo de la cabeza… –concluyó, en tono de broma. Ambos rieron mucho y se abrazaron con ternura.
–Sólo tengo una duda, tío –dijo ella después de un breve silencio–. ¿Cómo conociste a papá?
Sus últimas palabras fueron interrumpidas por el sonido del timbre.
–Lo siento querida, después te lo contaré. Debo irme ahora, vino el médico.

Infortunio
Nina lloraba sin consuelo alguno, acurrucada en la puerta de la habitación de su padre. Se hamacaba inconscientemente, mientras pensaba y repensaba su vida entera.
El médico, luego de revisar a Don Emilio, había salido de la habitación para ir a dar el parte a León, que se encontraba en la planta baja. Nina, por más que lo había intentado, no había podido escuchar esta conversación. Después de media hora, el doctor se había ido, y su tío había entrado a la habitación de su padre. Ella, sigilosamente, se había apostado detrás de la puerta para poder escuchar, y luego se había arrepentido.
“¡Hablá, hombre!” había dicho el enfermo, con una mezcla de cólera y preocupación.
Nina sólo escuchó un silencio profundo después. Le siguió una especie de exclamación de dolor. Fue cuando descubrió, amargamente, que los hombres mayores también podían llorar. La quietud fue interrumpida por la sequedad de la desdicha:
–Te estás muriendo, Emilio.
El anciano guardó silencio.
–Me lo temía –contestó finalmente, acompañado de una fuerza de espíritu extraordinaria. Luego su voz se ahogó.
La pequeña Nina, en medio de su travesura, había sido tomada por sorpresa. Comenzó a llorar y dejó de oír, porque su llanto se tornó más fuerte que las palabras.
Entró a la habitación y abrazó a su padre con fuerza. Ya no le importó que notaran que estaba espiando. En medio del alboroto, apareció la criada Magdalena, y León le explicó la situación en voz baja.
Fue un súbito empujón hacia la realidad, para la niña que lloraba sin consuelo en el regazo de su padre, que a su vez se apoyaba en el regazo de la muerte. Las agujas del tiempo comenzaron desde ese instante una carrera despiadada y atroz. Todos los presentes rodearon juntos al anciano, y el lugar comenzó a vestirse lentamente de una penumbra lúgubre que se podía sentir con los ojos del alma. Aquel espectro no se borraría ya nunca más de la habitación.
Nina pasó con su padre todos y cada uno de los momentos hasta el día de su muerte. Había dejado muy atrás sus otras preocupaciones para centrarse en un problema mucho más delicado.
Colocó un colchón en su habitación y comenzó a dormir allí por las noches. De repente empezó a hablar mucho con su padre. Ambos pasaban las tardes indagándose mutuamente sobre pormenores de sus vidas, que por la costumbre, el parentesco y la diferencia de edad, habían sido pasados por alto en el pasado.
En sus múltiples conversaciones, también hablaron sobre el futuro sin que los escrúpulos les impidieran dejar asuntos sin tratar. El viejo le aseguró a Nina que no había nada que temer, que dejaría la casa a cargo de León hasta que ella cumpliera la mayoría de edad. “Ya lo hablé muchas veces con él, es mi mejor amigo y tiene mi absoluta confianza”, le había dicho.
Don Emilio había comprendido que ya no tendría la oportunidad de ver a su princesa felizmente casada, puesto que en medio de su enfermedad todos habían acordado que no era conveniente seguir con los planes de la boda, y apurar los trámites antes de que el anciano muriera les pareció cruento.
Él estaba de acuerdo: “Prefiero tenerte a mi lado en mis últimos momentos, antes que en medio de una vorágine de apuro a casarte antes de que yo me vaya”. Sin embargo, Nina tuvo que mentir un poco para contentarlo, e inventarle encuentros con su amado y sentimientos que en realidad no tenía. Quería a toda costa demostrarle que estaba feliz y enamorada. Al respecto, después de dos semanas, Camilo no había vuelto a aparecer por aquel lugar.
Las palabras del anciano siempre sonaban dulces y alentadoras a los oídos de Nina. Le daban una imagen cálida y amable de su padre, que ahondaba en su tristeza en vez de aplacarla. No pueden explicarse bien las sensaciones que siente una persona que esta a punto de perder un ser querido. Ambos disfrutaron lo máximo posible sus últimos momentos juntos, y en medio de todas las confidencias que se decían, Nina decidió que era el momento de hacer a su padre la pregunta que había acarreado durante toda su vida. Así que un día se sentó junto a él en perfecta calma, y le dijo:
–Papá, las cosas que aprendí estos últimos días de vos me llenan de orgullo. Sos un hombre maravilloso. Que tengas que marcharte, justo ahora que empiezo a conocerte, me llena de tristeza…
Él no dijo nada y la abrazó. Ambos lloraron en silencio.
–Pero hay algo te quiero preguntar, y vengo juntando coraje para hacerlo –continuó ella.
Se apresuró a hablar antes de que su padre pudiera decir algo más, y dijo con voz firme:
–¿Qué pasó con mi mamá? Y más importante aún, ¿quién es mi verdadero papá?

lunes, 4 de abril de 2011

La Rebelión Secreta. Capítulo IV.


Roger

Tirado sobre la mesa y totalmente perdido, se entretenía haciendo rodar el culo de la botella por el suelo.
–Soy un ebrio –se decía a sí mismo riéndose, y tomaba otro sorbo.
Pero su mente, aunque a veces divagaba, no podía alejarse de cierto pensamiento recurrente. Una situación incómoda que había tenido lugar el día anterior.
Todo había empezado cuando el plan de “controlar” a Camilo en su primer encuentro, de repente no se había tornado tan interesante.
–Se van al parque y no tengo ganas de caminar hasta allá. El gordo va a estar bien, volvamos –había dicho Teo, y todos lo habían obedecido.
Como se señaló antes, el grupo había decidido incluir a Roger y por extensión a Ernesto. El pirata se había sentido halagado y contento por haber vuelto a su ciudad natal y haber hecho nuevos amigos, pero luego comenzó a darse cuenta de que no era su compañía lo que realmente buscaban de él. Tal vez tampoco era amistad lo que realmente mantenía unido al grupo.
Roger había comenzado a sospechar que aquellas reuniones ocultaban alguna finalidad aún desconocida para él. Si así era, ¿lo habían aceptado por conveniencia? ¿Tenían planes de utilizarlo como si fuera una especie de recurso para lograr su misterioso propósito? Existían leves indicios, motivos que lo hacían pensar que estaba en lo cierto, pero aún dudaba y esta intriga lo había acompañado todo el día.
Al llegar al bar sintió que su mente se relajaba y se fusionaba con el ambiente, sus buenos ánimos renacían de un momento a otro. Los demás jóvenes se pusieron cómodos y comenzaron a beber hasta que la atmósfera se llenó de un bullicio festivo.
Roger consideraba que si iba a jugar a ser un pirata sin barco –o con un buque imaginario, como a él le gustaba pensar–, lo haría bien, y a la antigua. Así lograría impresionar a sus nuevos amigos.
Resolvió entonces tomar el viejo pañuelo rojo que siempre guardaba en su bolsillo y atárselo en la cabeza. Acto seguido, desenfundó su daga y se puso en guardia, y apuntando alternadamente a la nariz de cada uno de los presentes, comenzó a mascullar palabras encarnando a un pirata, mientras cerraba el ojo derecho simulando tener un parche.
–¡Arrr! ¡Presten mucha atención, sabandijas de mar, porque lo voy a decir una sola vez! –comenzó su discurso en forma hostil–. Gracias por esta calurosa bienvenida –dijo volviendo amable su tono de voz, y levantando una botella de ron. Todos lo imitaron y festejaron.
–¡Pero ahora en serio! –volvió a adoptar una actitud tosca– Si me hacen Capitán de esta fragata, prometo convertir a esta miserable tripulación en hombres de mar, peligrosos y traicioneros, ¡verdaderos corsarios a los que ningún alma cristiana tendrá el valor de enfrentarse jamás! ¡Arrr! ¿Quién está conmigo?
–¡El capitán Roger, terror de los siete mares! –gritó Ernesto.
Teo se puso de pie y golpeó la mesa con violencia. Todos se callaron.
–Roger, mi querido Roger… –comenzó a decir tratando de dominarse a sí mismo–. Te habrás dado cuenta de que no nos reunimos acá sólo para beber y jugar a los piratas, ¿o no?
El joven sonrió.
–Teo, mi amigo, no es necesario que estés así de celoso. Yo sé bien que sos el único Capitán de este navío. Estaba bromeando, no planeaba robarte tu lugar. De hecho, si hubiese querido hacerlo, hubiese podido. Sin ofender, soy mucho más fuerte y sé pelear. Si me desafiaras podría dejarte inconsciente…
–No estás entendiendo –contestó Teo cada vez más serio–. Se necesita un carácter fuerte y decidido. Una persona con constancia, inteligencia y capaz de planear una estrategia que sea conveniente y favorable para todos, y que por medio de ella podamos conseguir una victoria. Alguien que sepa guiar, y aconsejar a esta tripulación en momentos de indecisión o debilidad. Yo tengo estudios, soy un universitario, conozco el manejo de la política, ¿vos qué tenés? Me golpearías hasta dejarme inconsciente, ¿y luego qué? ¿Podrías comandar esta supuesta nave con tus cualidades? Yo creo que todos los que están presentes apostarían a que no…
Roger se quedó callado. Se sintió inútil e insignificante, y ofendido ante estas palabras, se quitó el pañuelo de la cabeza con sumisión. Ahora más que nunca quedaban claras las intenciones de alguna revuelta encubierta, de algún secreto bien guardado, que para poder develarlo, a Roger no le quedaba otra alternativa más que esperar a que se decidieran a contárselo. Sin embargo no le salía bien resignarse, pasaron un par de minutos hasta que dijo en voz alta:
–¿Por qué tiene que haber alguien que sepa pensar? ¿Qué es lo que pretendemos hacer?
Nadie contestó. Todos siguieron bebiendo en silencio.
Esto era lo que Roger recordaba una y otra vez. Tal vez lograba distraerse, pero sus propias cavilaciones no lo dejaban en paz. Pasado un corto lapso de tiempo, la escena se volvía a repetir en su cabeza.
Cuatro amigas entraron repentinamente al bar. Se sentaron junto a los jóvenes, que las habían estado esperando. Ninguna de ellas tenía aspecto de señorita de buena familia, pero tampoco aparentaban ser mujeres públicas. Más bien, estaban vestidas de manera seductora, con ropas burdas y vistosas, arrastrando un dejo de humildad.
Al cabo de una hora, una de ellas se había sentado sobre el regazo de Alexis, otra escuchaba entre risas las indecencias que Esteban le susurraba al oído, la tercera –en sorprendente actitud intelectual– se encontraba discutiendo acaloradamente con Teo una cuestión filosófica, y la cuarta se deleitaba con los acordes que salían de la guitarra de Ernesto. Sólo Roger seguía tumbado sobre las mismas cuatro mesas de madera puestas juntas, con dos o tres botellas vacías más a su alrededor. Había quedado solo, y sin embargo cada tanto las señoritas no podían evitar dejar de poner atención en el joven que tenían al lado, para apreciar con disimulo el gran atractivo masculino de aquel pirata rebelde. Una vez que lo vislumbraban de reojo, volvían a sus respectivos asuntos. Sin embargo, él no notaba este detalle. Se encontraba muy distraído tratando de hilar una estrategia.
Se puso de pie de repente, y dejando de lado los balbuceos de pirata, comenzó a caminar sobre las cuatro mesas alineadas. Pisaba fuerte con caminata pausada, con aires de general de ejército. Sus botas militares hacían un ruido sordo que inconscientemente inspiraba respeto. Como en todos los momentos de su vida en los que necesitaba sentirse seguro, se colocó el pañuelo mal atado en la cabeza; y como la temperatura había ido subiendo en el transcurso de la noche y se vio cubierto de sudor, sin querer perder tiempo quitándosela, decidió terminar de rasgarse la camisa. Quedó con el torso desnudo, salvo por sus múltiples cadenas colgadas en el cuello.
Fue en ese momento cuando le vino un golpe de inspiración, y comenzó a hablar. Emitió un discurso ante todos como si fueran soldados que él debía preparar para una importante batalla. ¿De qué habló? Bueno, el tema de la disertación podría resumirse en los propios sentimientos del joven. Primero con respecto a su vida, luego pasó a las costumbres de sus compatriotas en general, para terminar emitiendo una opinión cruda sobre la sociedad en la que vivía. Habló de todo y de todos: de los trabajadores, los campesinos, los estudiantes, los policías, los gobernantes, la clase alta, y muchos otros. Criticó y cuestionó la forma de accionar de muchos de ellos, y propuso cambios radicales para la estructura social…
Fueron palabras atrevidas, enérgicas y atrapantes, que expresó en forma pausada y decidida, manteniendo semejanzas con un discurso de líder político. Mientras duró, todos lo escucharon absortos.
Fue interrumpido casi al final por la voz potente de Camilo:
–¡Roger! ¿Qué hacés arriba de la mesa? –le gritó en tono de broma. Había entrado inesperadamente a la taberna de la mano de su joven amada.
El pirata se sorprendió, se detuvo y les dirigió una sonrisa maliciosa. La irrupción había sido perfecta: podía usar a la señorita como ejemplo en su discurso.
–¡Cada día estás más loco! –continuó Camilo entre risas–. Como sea, muchachos: les presento a Nina, mi prometida desde hoy a la tarde –concluyó, y la abrazó con ternura. Todos saludaron sin ponerse de pie, murmurando palabras similares a “hola”, “qué tal” y “mucho gusto”.
Podría decirse que fue en aquel preciso momento cuando comenzaron a escribirse las primeras páginas del destino que la vida les tenía reservado a todos ellos. El instante que dio a luz a esta historia.
Todo gran suceso, al igual que toda pasión, vicio y miseria humana, tiene un principio. Un momento en el que una persona –tal vez sin darse cuenta– comienza a dejar de vivir en el olvido para empezar a vivir en la historia. Y como todo gran acontecimiento, este relato tuvo un contexto, un prólogo que se acaba de terminar de relatar en este instante.
Lo que tendrá lugar a continuación será un giro fortuito, insignificante para la mayoría de los presentes, el más importante en la vida de Nina.
Los ojos de la joven rebosaban de ingenuidad, de humildad e ilusión ante el presente. Sin embargo, aquella mirada que no había conocido deslices ni contradicciones, fue a posarse desacertadamente en la figura de aquel apuesto holgazán.
Al principio el joven le llamó la atención, por parecerle ridículo que se paseara sobre las mesas. Luego lo observó mejor, y descubrió en él un mar de detalles que la impactaron: su cabello color oro que brillaba como el fuego incluso a la luz de las velas, su aspecto fuerte y vigoroso, su voz áspera y potente, su forma de transmitir seguridad. La transpiración en su torso desnudo le dio un impacto del que le fue difícil reponerse: nunca había visto a un chico joven sin camisa. Sintió de repente la extraña necesidad de verse doblegada a la fuerza por ese hombre que se asemejaba a una bestia salvaje. Por supuesto, no entendió aquella repentina manera de pensar, la sola presencia del pirata le infundía un sentimiento que no podía ni siquiera explicarse a sí misma.
Se dice que hay personas que lo tienen todo y pueden llegar inspirar cariño, al mismo tiempo que hay personas que no poseen ninguna virtud en particular, y por las cuales alguien puede llegar a dar su vida.
Sea el caso que fuere, Nina acababa de decidir que Roger poseía los ojos más hermosos que había visto. Eran más negros que la misma oscuridad, y profundos como un pozo sin fondo, en el que le daban ganas de caerse y no volver a salir. Incluso le atraían más que los ojos de su prometido, que eran azules como dos zafiros.
Para los pensadores que se preguntan si realmente puede existir una pasión sin límites a primera vista, la respuesta es que sin duda alguna es así. Y el instante del flechazo, dependiendo de la situación, es el que puede llenar de deleite o bien de miserias la vida de una persona.
 Pero estaba en una encrucijada. Su corazón, su mente, y sus principios, chocaban de lleno contra lo que sea que estuviera sintiendo en ese momento. No podía evitar preguntarse cómo se llamaba ese impulso que la hacía desear lo que le era prohibido: a un hombre que no era el suyo, con aspecto criminal, sucio y desalineado, ¿cómo podía permitir que le despertara tales pasiones?
Sus pensamientos se interrumpieron: Roger planeaba retomar su discurso y Nina se disponía a escuchar. Sin destinar una sola palabra de felicitación a la joven pareja, el pirata comenzó:
–Tenemos aquí un perfecto ejemplo de lo que acabo de decir: una señorita de buena familia, con una excelente posición económica que se nota en su manera de vestir y en sus modales, hija de un militar retirado, un elemento inútil para la sociedad en pocas palabras. Un ser que nació para cumplir con una sola función en su vida: conseguir un marido y tener un solo hijo que aprenda valores burgueses y después, cuando sea mayor, utilice sus vastos recursos para perjudicar a la clase trabajadora. Como siempre ha sucedido. Observen una de las enfermedades de la sociedad en todo su esplendor. Eso, queridos amigos, es lo que justamente no deberíamos tolerar más en adelante. Gracias por su atención.
El ambiente quedó en absoluto silencio. Roger observó a su alrededor y sólo pudo notar a Teo, que le arrojó una mirada de aprobación desde la cabecera de la mesa. La primera que el joven había recibido desde que formaba parte de aquel grupo. A nadie parecía importarle que la pobre Nina tuviera los sentimientos destrozados.
La joven quedó de pie, inmóvil sin saber cómo reaccionar. Luego, su espíritu habló por ella y comenzó a llorar sin consuelo. La vergüenza la venció y salió corriendo, alejándose de aquel lugar. Camilo no supo qué hacer. El más natural de sus impulsos le ordenaba defender a su futura esposa a toda costa. Sin embargo, se encontró con una fuerza contraria mucho más grande, representada por el respeto que le guardaba a su amigo Roger, magnificada por la confianza y el vigor que poseía el joven mientras pronunciaba aquel discurso.
Sólo tuvo reflejos para correr detrás de ella.

La otra revolución


–¡Nina volvé! ¡Escuchame, por favor!

Pero ella seguía corriendo en la mitad de la noche, y su intención era alejarse lo más posible de él. No podía pensar en nada, porque su cabeza estaba invadida por mil ideas a la vez. Tenía miedo de todo: de Roger, de Camilo y de aquellas personas ante las que había sido terriblemente humillada. Empezó a detestar esa nueva vida que había conocido tan sólo días atrás, pero que parecía haber durado una eternidad.
Correr no era la actividad preferida de Camilo. Tan sólo alcanzó a ver la silueta difusa de su amada, antes de que su esencia se perdiera por completo en la oscuridad.
Cuando se adentró en el bosque, Nina tuvo la certeza de que Camilo ya no la seguía. Estaba tan apurada por llegar a su casa lo más rápido posible, que torpemente se desgarró el vestido, se deshizo el peinado, y perdió los zapatos tropezándose con los troncos caídos en medio de la oscuridad. Por fortuna encontró un claro del bosque iluminado por la luz de la luna, y se apostó allí para revisar sus heridas y, sobre todo, para poder pensar.
Se vio a sí misma: había quedado casi deshecha, con el vestido rasgado, el pelo revuelto y cortes de rama en sus pies desnudos. No pudo evitar pensar que se había convertido en un ser bestial. ¿Sería un castigo por haber admirado con los ojos a aquella otra bestia salvaje?
–¿Será que uno se convierte en lo que ama? –se dijo en voz alta.
Observó para disipar sus culpas el inmenso lago que se abría paso frente a ella, y reflexionó sobre el caos que se había desatado en su mente.
Hasta el momento sus convicciones le habían dictado que el amor era el sentimiento más puro y simple, y que tocaría a su puerta un día –como Camilo lo había hecho–, y luego tendría la capacidad de contraer matrimonio y amar hasta la muerte. Le habían enseñado que un romance era eso: un cruce de miradas entre un hombre y una mujer. Si este hombre tan dulce había venido a decirle que la amaba, ¿cómo no corresponderle ese sentimiento?
No recordaba haberse sentido tan aterrada antes, y le horrorizaba pensar que esa inmensa quimera a la que tanto temía provenía de su interior.
La luz de la luna sobre el agua la ayudó a apaciguar ese monstruo interno. Le trajo paz a esa revolución secreta que había estallado en su ser. Una revuelta en su alma que llevaba un solo estandarte: la capacidad de pensar por sí misma.
Llegó a su hogar con sus ánimos casi aliviados, pero luego vio la figura de su padre sentado en medio de la oscuridad de la sala de estar. No pudo reprimir otro arranque de llanto, y con esa visión cerró de un golpe la puerta detrás de sí.
–Papá: ¡Estoy enamorada!


lunes, 28 de marzo de 2011

La Rebelión Secreta. Capítulo III.


Nina*

Pequeños pies que sostenían un pequeño cuerpo se apoyaban sobre los escalones de piedra. Tan ligeros parecían ser, que a simple vista hacían que la joven flotara sobre el suelo.
Por fin, ella estaba ahí. Había salido de su casa y ahora se encontraba parada en la escalinata, mirándolo fijo. Camilo se limitaba a observarla, con los zapatos lustrados, el pelo húmedo y los botones de su mejor traje mal abrochados. Extendió el brazo con timidez, entregándole un ramo de rosas con el envoltorio todo estrujado por su puño nervioso.
Sus amigos observaban la escena apostados en la vereda de enfrente. Fumaban y reían, simulando ser desconocidos. Al grupo de los tres jóvenes amigos de Camilo, se les habían sumado Roger y Ernesto, que habían sido incluidos en el pequeño club por iniciativa de Teo.
Se encontraban allí en primer lugar para controlar que Camilo siguiera las indicaciones que le había dado Roger, y en segundo lugar para prestarle ayuda si algo salía mal; pero principalmente se encontraban allí para estar en primera fila por si llegaba a producirse alguna situación graciosa.
La joven permanecía inmóvil, sin haber dicho una sola palabra. Sólo una cosa era segura: era dueña de una belleza indescriptible. Su menudencia la hacía verse frágil; y su piel, contadas veces alcanzada por los rayos del sol, tenía el aspecto pálido y suave de la porcelana. Camilo pensó que si aquella criatura hubiese sido una pintura –y lo parecía–, de una sola pincelada y con el más puro negro, el pintor hubiese rellenado el espacio que ocupaban sus ojos y su pelo; con un blanco igual de nítido, su piel; y sus labios con un rojo carmesí. Era una mujer hecha solamente con tres colores.
Sus gigantescos ojos bien abiertos, su pequeña sonrisa apenas arqueada, le daban una expresión inusual de serenidad que la llenaba de misterio. No podía distinguirse ni una sola arruga en su frente, ninguna mueca o línea de expresión parecían indicar que en su interior reinaban una absoluta paz mental y pureza de pensamiento. Era la típica expresión de un alma que jamás sufrió de inquietudes o preocupaciones, de una mente por la que nunca pasaron pensamientos oscuros, o que fueran más allá de las enseñanzas de su institutriz. La bestia podía estar atada, pero esta bestia ni siquiera sabía que lo era. Le habían dicho que era cordero, y no bestia, y ella se lo había creído por completo. Era un cordero atado.
 Sus manos y talones juntos, su pelo prolijo, su vestido largo y su cuello de novicia, le daban indicios de poseer una moral incorruptible. Su presencia y sus maneras decían muchas cosas, pero ella no decía nada. Fue Camilo quien, después de luchar un rato consigo mismo, logró romper el silencio.
–Verte así… Me hace sentir tan feliz que podría cantar las mil cosas que se me ocurren en este instante. Pero cantar no es lo que debo hacer ahora. De hecho, estoy haciendo todo al revés. Mi amigo Roger va a matarme…
Nina no respondió. Su padre les había concedido una caminata de una hora en el parque, y eso es lo que harían. Le extendió su brazo derecho con delicadeza, Camilo lo aferró y emprendieron la marcha. Irían a pie.
–No tenés miedo, no vacilás –comentó Camilo–. Ese detalle me agrada. Pero tampoco me hablás, Nina…
–No sé tu nombre –dijo por fin–. No sé qué podría decirte si ni siquiera sé tu nombre.
–Camilo. Camilo, y yo tampoco sé qué más decirte.
–Si no tenés nada para decir, entonces no digas nada –sus palabras sonaban crudas, pero su tono de voz era casi mágico. Lejos de parecer austera, Nina esbozaba con dulzura lo poco que decía, y siempre sonreía con vivacidad cuando dejaba de hablar, dirigiéndole al joven una mirada penetrante, en la que parecía entreverse cierta picardía.
Camilo acababa de enamorarse perdidamente de esa mirada. Cada vez que Nina terminaba de hablar, él se limitaba a hacer una pausa para observarla con una expresión bobalicona. Finalmente, le apretó fuerte la mano y le dijo:
–¡Estoy perdido!
Mostrando por primera vez cierto nerviosismo, apretando los puños y en tono de confesión, Nina le contestó:
–Yo siento como si por fin me hubieras encontrado.
Sin decir una palabra más durante el camino, llegaron al parque y se sentaron. El sol estaba por ocultarse, el suelo bajo el árbol estaba cubierto de flores, las sombras de las hojas desfilaban sobre el rostro y los ojos de Nina. Todo parecía crear una atmósfera perfecta, y Camilo quedó absorto contemplando todos esos detalles.
En algún momento, Dios sabe cómo, lograron romper el hielo. Algún punto en común, algún tema de conversación acertado los hizo expresarse fluidamente. Conforme transcurría la tarde, se fueron acercando hasta terminar acurrucados el uno con el otro, en un completo silencio que duró varios minutos.
–Tenés luz –le dijo Camilo por fin.
Nina rió.
–Entonces si fuera de noche, ¿brillaría?
–No lo sé. Quisiera averiguarlo –le contestó él astutamente–. A decir verdad, creo que sos maravillosa, y con haberte visto solamente hoy, me hice adicto a tu presencia. Hablarte, mirarte, reír con vos, me hace pensar que nos conocemos desde hace años. Ahora tenemos que volver, pero tengo ganas de verte mañana.
Nina no pudo resistirse a estas palabras, y en un arrebato de pasión, lo abrazó fuerte.
Nunca deberías irte de mi lado –le susurró al oído.
–¡Por supuesto que no! –respondió él, intentando por todos los medios ocultar el rapto de alegría y ternura que le produjo esa reacción–. Ahora sos mi Nina.
Y la abrazó también, diciendo:
–Sólo espero que esto no sea un sueño.
–No lo es –respondió ella, y lo miró fijo, ansiosa, esperándolo.
Se produjo ese silencio incómodo, que sólo anticipa una cosa. Y adivinándolo, él se inclinó un poco y apoyó suavemente sus labios contra los de ella. Bebió un fino sorbo de esa fuente de carmín.
–¡Y pensar que lo supe con sólo verte! –le dijo después.
–Me siento llena –dijo ella.
–Recién no me dejaste terminar. Quiero verte mañana de nuevo a esta hora, y cuando caiga la noche llevarte a conocer a mis amigos.
–¿A dónde?
–Es un bar al que voy todos los días, te va a encantar.
–Todos los días con vos –respondió ella, aferrándolo con fuerza, totalmente rendida ante el hombre que le había dado su primer beso.
Pequeños pies se apoyaban sobre el pasto, y una pequeña espalda la mantenía apoyada en el banco. Se veía tan liviana que parecía flotar. Sus pequeñas manos se aferraban a las de él. Ahora ambos flotaban.


*Este fragmento contiene un homenaje a la canción A Heart Full of Love de la obra musical Les Miserables.

Capítulo siguiente:

viernes, 25 de marzo de 2011

La Rebelión Secreta. Capítulo II.

La historia del pirata que se hacía acompañar por su trovador

Caían los últimos rayos de sol sobre los cristales de la taberna, aún desierta por la hora. Dulces acordes de guitarra sonaban de fondo, acompañados por las pisadas del tabernero sobre las maderas.
Los amigos de siempre se reunían en el lugar de siempre, a tomar cerveza y hablar sobre política. Como estaban casi solos, no se cuidaban de reprimir ningún chiste inadecuado, ninguna payasada, ninguna carcajada sonora.
Había dos hombres más sentados en el rincón más oscuro del bar. Uno de ellos, de aspecto bohemio, tocaba una melodía suave abrazado a la guitarra como si se tratara de una amante. El otro, cuyo rostro estaba cubierto completamente por las sombras, permanecía inmóvil y miraba fijo en dirección a la mesa de los amigos.
–¡Otra vez tarde, este tipo! –dijo uno de los jóvenes mirando el reloj.
–Yo opino que comencemos la reunión sin él –dijo el que parecía ser el líder del grupo. Su nombre era Teodoro.
–Yo opino –dijo el tercero, y señaló con disimulo a los dos extraños de la mesa del rincón– que hoy no hagamos reunión… –agregó bajando la voz.
–Llamemos directamente a las chicas, entonces… –respondió el primero.
–¡Ahí viene el gordo!
En efecto, Camilo cruzaba la avenida en ese momento, y se encaminaba en dirección al bar. Sin vacilaciones, abrió la puerta de par en par y exclamó:
–Don Basilio, ¡marche otra ronda para todos!
Los jóvenes se miraron entre sí, y esbozaron una sonrisa burlona.
–¿Qué pasó hoy, Cami? ¿Encontraste una piedra color rosa? –exclamó Teo, dejando salir una carcajada.
–Amigos míos –declaró Camilo parándose firme–: ¡me caso!
Las risotadas hicieron estallar el bar. El amigo gordito, lejos de ofenderse, esperó pacientemente a que terminaran. Pronto la diversión general se convirtió en curiosidad.
–¿Así que te casás? ¿Y con quién?
Camilo dio un profundo suspiro y se arrimó a la mesa, preparado para contar su historia.
–Su nombre es Nina, tiene quince años y es hija de un ex militar. La conocí en su fiesta de presentación en sociedad. Cuando la vi moverse con gracia de aquí para allá, creí estar en presencia de un ángel –hizo una pausa y su mirada se perdió en el techo–. Cantó, tocó el piano y recitó para todos. Supe en ese momento que me había enamorado perdidamente, y por eso di gracias a Dios ¡Ninguno de ustedes podrá conocer o aspirar a conquistar a una criatura de una belleza semejante! Ella es dulce, delicada, fina, inteligente…
–Sí, sí… ¡Es perfecta! –interrumpió uno de sus amigos– ¡Pero basta de trivialidades! Queremos saber detalles…
–¿La visitaste muchas veces? ¿Tiene alguna hermana soltera?
–Eh… No, muchas veces en realidad no –respondió cabizbajo–. A decir verdad, ni siquiera pude sacarla a bailar en la fiesta.
Todos los de la mesa quedaron perplejos.
–Gordo, ¿cuándo fue esta fiesta de la que hablás? –preguntó Teo, en tono de sospecha.
–¡Ayer por la noche! –confesó el joven, y se sonrojó al instante–. Ni siquiera me atreví a hablarle, ella no me conoce ¡No sabe quién soy!
La carcajada esta vez fue masiva. No sólo se reían los amigos, también el cantinero, y con disimulo también otras personas sentadas en las mesas aledañas.
–¡Amigos, amigos! –Camilo trató de llamar su atención, pero le resultó imposible hacerlos callar–. ¡Amigos! Si me escucharan podría decirles que su padre es amigo del mío, y que ya hablé con él. Me dio su consentimiento para que tengamos una cita…
–¿Ah, sí? –contestó el cantinero Basilio desde la otra punta del bar, y continuó riendo.
–¡Sí! ¡Y cuando me conozca y sepa todo lo que siento por ella, también me va a amar! ¡Estoy seguro!
–¡O te va a sacar cagando, gordo! –dijo un quinto hombre, al tiempo que clavaba una daga sobre la mesa de los amigos. Todos se callaron al instante y se quedaron perplejos por el atrevimiento de aquel desconocido.


Era el hombre que había estado sentado en una de las mesas del rincón. Ahora daba la cara y podían verlo bien: tenía una cicatriz en el brazo. Era alto y de aspecto fuerte, y vestía una camisa blanca muy desgastada, mal abrochada y rasgada en el cuello, pantalones rotosos y unas pesadas botas militares.
–¿Quién es usted, señor? ¿Cómo se atreve? –dijo Teo levantándose de un salto y poniéndose en guardia con su cortaplumas. Los otros dos lo imitaron. Camilo moría de miedo.
El joven no contestó. En vez de eso se quedó de brazos cruzados y sonriendo levemente, mientras acordes de guitarra comenzaron a sonar a sus espaldas:

De los hombres el más temido
Por las damas el más deseado
De la mala vida buen amigo
Por cada sitio está de paso

De gran calaña y galanura
Tengan respeto y no rencor
En presencia del hombre aventura
Del gran pirata Rogelio,
Del bandido conocedor

–¡Roger! –Camilo saltó de su silla– No te había reconocido, ¡hermano! –exclamó, y corrió a abrazarlo–. Así que volviste a la ciudad, ¡qué sorpresa me diste!
Los demás se miraron sin entender.
–La canción fue pésima –se susurraron uno a otro.
–Roger, estos son mis amigos: Teodoro, Alexis y Esteban; estudiantes de derecho. Muchachos, Roger es mi mejor amigo, y lo conozco desde que eramos así –dijo colocando su mano en horizontal y acercándola al suelo.
–Mucho gusto –dijo Esteban estrechando su mano–. Así que sos una especie de pirata que se hace acompañar por… –concluyó la frase señalando al bohemio de la guitarra.
A su vez, este contestó con un verso cantado:

Yo soy Ernesto, el trovador

–Así es –dijo por fin el pirata mientras tomaba asiento–. Viajo mucho, vivo aventuras, y en una de ellas conocí a mi talentoso amigo Ernesto, quien me acompaña desde entonces. Conozco todo tipo de lugares, todo tipo de personas –su voz sonaba firme y resuelta–. Tuve tantas amantes como mujeres habrán conocido ustedes cuatro en sus vidas. Y sé mucho sobre lo que puedan llegar a imaginarse…
–Él vive las aventuras, y yo las cuento con mi guitarra– agregó Ernesto con simpatía.
Alexis y Esteban se miraron con expresión de desdén. Teo no lo juzgó mal, se encontraba pensativo, curioso.
–Ahora que volviste vas a ser el padrino de mi boda –continuó Camilo– ¡y de mis hijos también! Van a ser tres… –repetía mientras tocaba sucesivamente cabecitas imaginarias de niños de distinta altura.
Roger sonrió.
–Primero voy a ayudarte a arreglar este quilombo.
–Eso esperaba, nadie sabe de mujeres como vos.
–¿Qué van a hacer? ¿A dónde van a ir? ¿Qué le vas a decir? ¿Cuándo es la cita?
–No sé, no sé, no sé… ¡hoy! –respondió Camilo en tono inseguro.
Mientras tanto los tres amigos cuchicheaban entre sí. Al parecer, Teo tenía grandes planes para el personaje excéntrico que acababan de conocer


Capítulo siguiente:
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jueves, 24 de marzo de 2011

La Rebelión Secreta

Capítulo I
Camilo

Se precipitó con furia hacia la calle, comandado por sus propias pasiones. Comenzó a correr con tanto éxtasis que tuvo ganas de jugar una carrera con el viento hasta la esquina. Dio monedas al mendigo cuando pasó por la iglesia, y robó un clavel de la florería. Puso un pie sobre el peldaño de un farol y, aferrándolo con la mano, dio una vuelta en torno a él mientras olfateaba con gusto la flor. Su espíritu fluctuaba, sus pensamientos se entrelazaban. Su cuerpo se movía al ritmo de una música bellísima, pero sin sentido.
–¿Será que todas las pasiones empiezan así? Yo no lo sé… –dijo con atrevimiento a una niña que pasaba, y le regaló el clavel.
El sol de la mañana le daba en el rostro, intimidando sus ojos pequeños, tan azules, tan llenos de brío. En vez de caminar pegaba saltos, que hacían alborotar la mata de rulos rojizos que crecía en su cabeza.
–Así que de golpe me planté en una esquina y miré para todos lados. Entendí que la ciudad no era un buen lugar para sentarme a afrontar los cambios que están teniendo lugar en mi alma, y entonces me pregunté “¿Qué sitio puede ser tan hermoso como el amor tan profundo que siento por ella?” Pensé en lago, flores, pájaros, niños jugando… Y acá estoy, sentado en el medio del parque charlando con ustedes, queridas señoras –concluyó, y les dirigió una sonrisa tímida.
Dos de las ancianas se miraron entre sí, esbozaron una sonrisa irónica y siguieron jugando a la canasta. La tercera asintió con ternura y se prestó con amabilidad a seguir escuchando al joven.
–Correr hasta acá me hizo agitar mucho –prosiguió–. Supongo que debo aceptar que no estoy en buena forma –dijo midiéndose el estómago con las manos–. Pero al menos la redondez es sinónimo de salud, y eso es atractivo para las damas.
Hizo una pausa para dar un profundo suspiro, y prosiguió con su monólogo.
–No puedo evitar pensar que en adelante todo será tan diferente. Recién vi a los estudiantes entrando a la facultad, la gente que va a trabajar… Todos me parecen ajenos, como atrapados en un mundo de preocupaciones.
«Y todo lo demás: las casas, los árboles, los postes, los negocios, están en el mismo lugar que ayer. Pero hoy… ¡Hoy empecé a ver todas esas cosas con ojos de felicidad! El mundo no es el mismo, por lo menos para mí. Aquel espejo del almacén pasó a ser el espejo donde me miré por primera vez desde que la conocí. Y ese sol –dijo mientras se paraba sobre el banco– ¡ese sol que me ilumina desde hace veinte años, hoy me conoce enamorado! –gritó mientras apuntaba al cielo con el índice. Luego, sintiéndose avergonzado, se volvió a sentar.»
Discúlpeme usted –dijo tomándole la mano a la anciana que lo contemplaba con ternura–, pero desde hace una hora y media, mi cabeza sólo puede girar en torno a una sola cosa. No dejo de hacer planes, construir castillos de arena… ¡Es que me siento tan seguro ahora! Todo cobró sentido de repente. Antes sentía la vida como algo vacío y efímero, tenía miedo a la desgracia y a sufrir, pero ahora siento que si muero mañana, moriré feliz. Y si algo malo llega a pasarme… ¿Qué más da? ¡Tengo un amor!
Se relajó un momento en el banco, sintió la brisa deslizarse en su piel, y cuando por fin bajó su excitación, se puso de pie y dijo:
–Aunque han sido muy amables, poco deben importarles las palabras de este desconocido maleducado. Señoras mías, he decidido partir al encuentro de aquellos que me conocen como la palma de sus manos. Adiós, y gracias por este adorable momento –y con una suave reverencia, se despidió y se alejó de aquel lugar.